XX RADHEYA ES MALDECIDO

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El hijo de Kunti, ahora bajo el nombre de Radheya,’ tenía como único objetivo el lograr
conocimientos. Quería aprender a usar el arco y oyendo que el gran Drona estaba en Hastinapura
instruyendo a sus discípulos en el uso del arco, presto se dirigió a aquella ciudad. Al
llegar se encontró con Drona a solas y le saludó diciéndole:
-Mi señor, quiero que me aceptes como tu discípulo y me enseñes a usar el arco.
Drona le preguntó quién era, a lo que Radheya le respondió:
-Soy el hijo de Atiratha, el conductor de carrozas.
Drona no estaba dispuesto a enseñarle a usar el arco al hijo de un suta, y le dijo:
-Eres un sutaputra. Yo no le enseñaré a usar el arco a alguien nacido en una casta
inferior.
Radheya dio media vuelta y se fue.
Después de ese encuentro el apelativo. de sutaputra le atormentaba continuamente
convirtiéndose en un estigma que acompañaría a su nombre hasta el final de su vida. Quería
aprender a usar el arco, pero el hecho de ser un sutaputra se convirtió para él en un gran
impedimento a la hora de ser aceptado como discípulo. Radheya estaba desespera-do. Pero al
fin decidió ir a pedirle a Bhagaván Bhargava que le enseñase el uso del arco. Este hombre
odiaba a los kshatryas. Radheya sabía que el rishi tenía un temperamento muy fuerte y que
odiaba a los kshatryas terriblemente, por lo cual decidió hacerse pasar por un bhramán.
Radheya llegó al ashram del gran Bhargava lleno de esperanzas. Entró al ashram y se
postró a los pies del gran maestro. El rishi con su pelo enmarañado, su penetrante mirada y su
terrible personalidad causó a Radheya una sensación como de temor y reverencia al mismo
tiempo. Y empezó diciendo:
-He venido con la esperanza y el anhelo de que me aceptes como tu discípulo. Por
favor, no me dejes volver con las manos vacías.
El gran rishi levantó el cuerpo de Radheya, que temblaba como una hoja sacudida por el
viento. Se sintió complacido con la humildad de aquel joven. Radheya le dijo que era un
bhramán y que quería aprender a usar el arco. Bhargava le sonrió y gentilmente le dijo:
-Te enseñaré todo cuanto sé, con mucho gusto.
Así comenzó la educación de Radheya. Allí, en el ashram del gran Bhargava pasó feliz
muchos días y meses, quedando en el olvido los insultos de que había sido víctima por ser un
sutaputra. Tan sólo le preocupaba una cosa: adquirir cono-cimientos. Conocimientos
significaban poder, fama y reconocimiento. Era lo único que merecía la pena en el mundo de
los hombres.
Hasta que por fin su educación llegó a buen término. Bhagaván Bhargava le había
enseñado todos los astras; incluso el Brahmastra y el poderoso Bhargavastra. Ya casi se
acercaba el tiempo de la partida de Radheya hacia su nueva vida y Bhargava estaba ya
dándole sus últimos consejos. Le dijo:
-He sido muy feliz durante todo este tiempo. Ha sido para mí un placer enseñarte a usar
el arco. Ya te he enseñado todo cuanto sé y me siento orgulloso de haberte tenido como mi
discípulo. Eres muy honesto, respetuoso con tus mayores y estás dispuesto a andar por el
camino de la rectitud. Este conocimiento que has adquirido debes usarlo en defensa del
Dharma. No debes usarlo jamás para una causa injusta.
El sol brillaba en lo alto del cielo y el calor era insoportable. El gran Bhargava quería
descansar bajo la sombra de un árbol, así pues le dijo a Radheya:
-Vete al ashram y tráeme una piel de ciervo para usarla enrollada como almohada.
-Mi señor -dijo Radheya -puedes usarme a mí como almohada apoyando tu cabeza
sobre mis muslos. Por favor, déjame hacer este servicio por ti; eres el maestro que me ha
revelado el conocimiento más valioso que poseo.
Bhargava se sintió complacido con su devoción y aceptó el ofrecimiento.
Mientras Radheya yacía con la cabeza de su maestro descansando sobre sus muslos, de
repente sintió que algo le estaba picando en el muslo en el que el gran rishi tenía apoyada la
cabeza. El dolor que sentía era insoportable pero no quería moverse para no molestar el sueño
de su guru. Levantó un poco la cabeza y vio que era un insecto de aspecto horrible, parecía un
pequeño cerdo y tenía un hocico muy agudo y fuerte, como hecho de acero, además estaba
armado de varias filas de dientes, hundiéndose en su carne como si fuera una sierra. El dolor
era intensísimo, pero Radheya no podía moverse ni lo más mínimo para no perturbar el sueño
de su maestro.
El insecto había abierto una brecha profunda en su muslo y la sangre manaba
abundantemente de la herida. El contacto de la sangre caliente con la cara del rishi, hizo que
éste se despertara. Bhargava vio el insecto borracho con la sangre de Radheya y a
continuación miró fijamente a la cara de Radheya con expresión de gran asombro. Le dijo:
-Veías como este insecto te estaba picando, y sentías el intenso dolor, ¿cómo no te has
incorporado para deshacer-te de él?
-Mi señor -dijo Radheya-, tú dormías en mi regazo y estabas cansado. Para mí era más
importante tu sueño que mi dolor y no quería molestarte, por eso no le presté atención. La
explicación de Radheya aún aumentaba el asombro del sabio el cual se sentía muy
confundido. Le dijo:
-No puedo entenderlo, ¿cómo puede un bhramán soportar un dolor tan fuerte? Es bien
sabido por todos que los bhramanes no pueden soportar el dolor, ni siquiera pueden ver la
sangre. ¡Dime la verdad! Tú no eres un brahmán; sólo un kshatrya puede hacer lo que tú has
hecho. ¿Será posible que después de todos estos años de dedicación le haya enseñado todos
mis astras a un malvado kshatrya? Nunca te perdonaré que me hayas engañado de esta
manera. Eres un kshatrya, ¡admítelo!
Radheya cayó a los pies de Bhargava y le dijo:
-Perdóname mi señor. Para mí tú has sido más que un padre, y como padre deberías
perdonar las faltas de tu hijo. Cierto es que no soy un bhramán, pero tampoco soy un kshatrya.
Yo soy Radheya el sutaputra. Un suta es el hijo de un kshatrya y un bhramán, por eso me
atreví a decirte que era un bhramán, pero sólo con la intención de adquirir conocimientos. Y
se dice que el conocimiento no hace diferencias de castas ni credos. En tu nobleza, te pido que
seas tolerante con mi falta; mi deseo era solamente convertir-me en tu discípulo. Me he
entregado a ti, por favor, ten misericordia y perdóname, te lo ruego.
Bhargava estaba furioso y no prestaba atención a sus lágrimas ni a sus ruegos. En ese
momento nada le conmovía pues había olvidado todo lo que le unía a Radheya, tan sólo una
idea persistía en su cabeza: «Me ha dicho una mentira.» Y en ese estado de furia, Bhargava
maldijo a Radheya sin contemplaciones:
-Bajo falsas pretensiones has aprendido de mí cuanto sabía. Pero en la situación más
desesperada, cuando necesites un astra, tu memoria te fallará y no podrás invocarlo.
Al oír esto Radheya cayó al suelo sin sentido.
Poco tiempo más tarde volvió en sí y le imploró al rishi, temblándole el cuerpo:
-¿Por qué, por qué me has maldecido de esta forma, mi señor?
Pero las palabras que había pronunciado el rishi eran ya irrevocables. Bhargava se
dirigió entonces a Radheya en un tono algo más calmo y le dijo:
-Lo que he dicho ya nada puede cambiarlo, pero como paliativo hay algo que puedo
asegurarte. Querías fama; pues la conseguirás. Serás conocido hasta en la posteridad como el
arquero mejor de la tierra. -Tras decir esto el gran Bhargava le dejó y se fue.
Después de ver a su maestro desaparecer en la lejanía, Radheya emprendió su camino
secándose las lágrimas de los ojos, sumido en la más profunda desesperación. Vagaba sin
rumbo, no sabía a dónde ir. Por fin llegó a la orilla del mar y se sentó sobre una roca. Mucho
tiempo pasó allí escuchando el batir de las olas contra la orilla, el melancólico sonido del mar
era como un bálsamo para su corazón herido. Luego se levantó y se fue. Y cuando volvía, de
repente, un animal pasó por su lado a toda prisa. Casi instintivamente, sacó una flecha y la
lanzó, la cual abatió al animal matándolo instantánea-mente. Al acercarse al animal vio con
horror que no era un ciervo sino una vaca y que su dueño era un bhramán. Radheya se le
acercó y le dijo que no lo había hecho con intención y trató de tranquilizarlo ofreciéndole
muchas más vacas y riquezas como restitución del daño. Pero el bhramán estaba muy enojado
y dando rienda suelta a su ira, maldijo a Radheya, diciéndole:
-Cuando estés luchando con el peor de tus enemigos la rueda de tu carroza se hundirá en
la tierra, y de la misma forma que tú has matado a mi pobre vaca cuando jugaba ignorando el
peligro que la amenazaba, tu enemigo te matará a ti cuando estés en la situación que menos te
lo esperes.
Eso fue para Radheya como la gota que colmó el vaso. En un momento pasó por su
memoria toda la tragedia de su vida y se sintió la persona más desdichada del mundo. Tan
sólo había una persona que de verdad le amaba: era su madre, Radha. Era la única persona
que le había amado cuando había necesitado amor. Y era su deber como hijo cuidar de su
madre: ese era ahora su único propósito en la vida.
Radheya regresó a su hogar para reunirse con su madre. Le contó todo lo que había
aprendido y la educación tan completa que había recibido, pero no se atrevió a decirle que de
nada le valía todo aquello, pues su vida estaba conde-nada por la maldición. No quería
romperle el corazón.
Permaneció con ella durante unos días y luego le dijo que se dirigiría a la ciudad de los
kurus: Hastinapura. El tenía el sentimiento de que sus conocimientos le facilitarían la entra-da
al gran palacio, cuyas puertas se custodiaban muy celosa-mente.

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