XIX LA INFANCIA DE RADHEYA

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Atiratha era un conductor de carrozas y su esposa se llamaba Radha. Con ellos vivía
Radheya, un niño que habían adopta-do hacía dieciséis años. Estaba celebrando su
cumpleaños y Radheya le dijo a su madre:
-Madre, hoy es mi cumpleaños y me habéis regalado una carroza tirada por caballos
muy hermosos, pero la verdad es que no siento ningún interés por la carroza ni por los caballos,
porque dentro de mí siento una atracción profunda hacia el arco y el uso de las armas,
esta pasión incontrolable absorbe todo mi interés. Madre, ¿cómo es que este deseo impropio
de mi origen y de mi educación anida en mi corazón?
Radha permaneció sentada en silencio y de sus ojos brota-ron lágrimas. Radheya se
conmovió al verla llorar y abrazándola le dijo:
-Madre, no quería herir tus sentimientos, preferiría matarme antes que hacerte daño.
Dime ¿por qué lloras?
Radha le abrazó fuertemente como si tuviera miedo de perderlo y luego le dijo:
-Hijo mío, ha llegado el momento de contarte algo que sucedió hace ya dieciséis años. –
Y la historia que le contó fue así:
«Era una mañana muy bonita y como todos los días, tu padre se había ido temprano por
la mañana a las orillas del Ganges para hacer sus oraciones y adoraciones al sol. De repente
sus ojos se sintieron atraídos por algo que flotaba brillando sobre las aguas del río. Se quedó
muy intrigado, parecía como una joya brillante siendo arrastrada por las aguas. Poco a poco el
objeto se fue acercando y la curiosidad de tu padre crecía y crecía. Así pues, se echó a nadar
hacia el centro del río para averiguar qué era aquel objeto destelleante, el cual resultó ser una
hermosa caja de madera labra-da. Y al abrirla se encontró con algo que le dejó estupefacto:
dentro había un niño precioso, era el niño más hermoso que había visto jamás; dormía
apaciblemente. Tu padre nadó de vuelta hacia la orilla trayendo con él la caja, y se vino con
ella corriendo a casa.
«- ¡Radha! ¡Radha! ¡Mira qué te he traído! Tengo un regalo para ti -gritó tu padre. Yo
me apresuré a su encuentro al oírle tan contento. No podía creérmelo cuando vi al niño entre
sus brazos. Era precioso y brillaba como el sol de la mañana.
«-Fíjate en el kavacha y los kundalas -le dije yo-, debe ser el hijo de un dios.
Radheya no podía reaccionar, la miraba absorto casi sin respirar. Radha abrazó al niño
contra ella como en un sentimiento de que iba a perderlo dentro de unos momentos. Luego
continuó con la historia:
«-Con toda seguridad este niño no pertenece a la tierra, debe ser hijo de algún dios -dije
yo-, su belleza no es de este mundo.
«Tu padre me miró y se sonrió diciéndome:
«-Quizás este niño haya nacido en el cielo y Dios compadecido te lo ha enviado porque
eres estéril. Le llamaré Radheya porque va a ser tu hijo bienamado.
-Estábamos encantados de tener un niño en casa. Yo estaba muy feliz. Me fijé en la caja
y aprecié que no era una caja ordinaria. Tú habías sido envuelto en sedas carísimas y te habían
puesto dentro de la caja. Eran telas exquisitas propias sólo de una princesa. Nos imaginamos
que eras el hijo de una dama de alta alcurnia, la cual por alguna razón te había abandonado
depositándote en el río. Lo más probable es que pertenezcas a un palacio. Hasta ahora has
vivido todos estos años como el hijo de un pobre conductor de carrozas y la única riqueza que
hemos podido ofrecerte ha sido la de nuestro amor. Esto creo que explica la razón por la que
no quieres ser un conductor de carrozas: quieres aprender a usar el arco porque eres un
kshatrya, estoy casi segura.
El cuerpo de Radha se estremecía de pena cuando le dijo:
-Vete, hijo mío, tú no eres mi hijo. Vete al mundo y busca a tu madre. Por mi parte, le estoy
agradecida a Dios por haberme dado un hijo durante todos estos años. El recuerdo de lo que
ha sucedido en este tiempo me dará ánimos para vivir los años que me quedan.
Radheya ya no pudo contener sus lágrimas y entre sollozos le dijo:
-Madre, ¿Qué me estás diciendo? ¿acaso quieres abandonarme igual que lo hizo mi otra
madre? Yo no sé quién es mi madre ni quiero saberlo, yo ya tengo una madre ; la más dulce y
querida de todas las madres. Quizás yo sea un kshatrya, probablemente lo sea, pero no me
importa porque antes que nada yo soy tu hijo; quiero serlo. Mi nombre es Radheya y Radheya
seré hasta el final de mi vida. Ese será el nombre por el que este mundo me conocerá. No
estoy avergonzado de mis padres. Estoy orgulloso de ser el hijo de un suta. En este mundo no
hay nada superior al conocimiento, y el conocimiento no hace diferencias de casta ni credo.
Iré en busca de conocimientos y me convertiré en un sabio; un sabio encuentra
reconocimiento dondequiera que va. Madre; la sed de conocimiento y de maestría en el uso
del arco anidan en mis entrañas; iré en busca del conocimiento. Partiré ahora mismo. Pero
recuerda: regresaré. Tú eres mi madre y nada me puede apartar de ti, ni a ti de mí.
Radheya abrazó a su madre y ella le apretó entre sus brazos. Las lágrimas corrían por
las mejillas de ambos.

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