JUEGA CON DIOS

Un niño muy pequeño quería subir al techo de su casa para jugar; primero, empezó intentando por su cuenta pero pronto vio que no podía; entonces, empezó a llorar a gritos para que su madre lo subiera; ella al oírlo llorar lo llevó al techo para que jugase, y el niño, jugando alegremente dejó de llorar; luego la madre lo hizo bajar para que termine el juego, y el niño lloró otra vez porque quería seguir jugando. Así, como cuando éramos niños, debemos llorar para que Dios nos eleve hacia Él. Cuando nos volvemos adultos, dejamos de llorar como entonces; debemos pedir con todo el corazón y llorando como los niños que el Señor nos lleve hasta Él, y ahí quedarnos jugando eternamente.