Dialogos con Juan el Bautista

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Dialogos con Juan el Bautista

Venerable y amado Juan, hermano mío: con la cabeza gacha ante tu esencia me dirijo, implorando quieras hablarle a mi ser. Querido Juan, que menguaste ante el hombre tu forma para que resplandezca la de mi amado Jesús, que junto al desierto enseñaste a aquellos que querían desnudar su alma al Señor, que cumpliste acabada y perfectamente la magnánima misión encomendada y de la que la humanidad jamás se ha enterado, yo te saludo y abro de par en par las puertas de mi corazón, para que si tú lo decides, habites de vez en vez, a favor de lo que me es dado hacer en esta vida. Ten misericordia de esta semilla imperfecta, y ayúdala a orientarse hacia el sol del Altísimo, para hacerme un poco más digno cada vez del Amor infinito que me prodiga. Tú eres mi hermano alto, la llave que abre la puerta de la morada de mi buen Señor. Si así lo quieres, hazme conocerte en la forma que dictes, pues a merced de los grandes se halla este pequeño, para que hagáis vuestra completa voluntad. Otórgame esta gracia y penetra en mí, llévame hacia aquel que me espera. Amén.
Hermano mío, tú eres un misterio para mí. Sé que tu figura es grande e inimaginable, por eso te ruego que me respondas quién eres. A partir de este día comienzan los Diálogos con Juan el Bautista…
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DIÁLOGOS CON JUAN, EL BAUTISTA
Abril del 2000
Venerable y amado Juan, hermano mío: con la cabeza gacha ante tu esencia me dirijo, implorando quieras hablarle a mi ser. Querido Juan, que menguaste ante el hombre tu forma para que resplandezca la de mi amado Jesús, que junto al desierto enseñaste a aquellos que querían desnudar su alma al Señor, que cumpliste acabada y perfectamente la magnánima misión encomendada y de la que la humanidad jamás se ha enterado, yo te saludo y abro de par en par las puertas de mi corazón, para que si tú lo decides, habites de vez en vez, a favor de lo que me es dado hacer en esta vida. Ten misericordia de esta semilla imperfecta, y ayúdala a orientarse hacia el sol del Altísimo, para hacerme un poco más digno cada vez del Amor infinito que me prodiga. Tú eres mi hermano alto, la llave que abre la puerta de la morada de mi buen Señor. Si así lo quieres, hazme conocerte en la forma que dictes, pues a merced de los grandes se halla este pequeño, para que hagáis vuestra completa voluntad. Otórgame esta gracia y penetra en mí, llévame hacia aquel que me espera. Amen
– Hermano mío, tú eres un misterio para mí. Ahora la prueba es verdadera para mi mente, la cual, al no saber mucho de ti, no podrá engañarme con algo aprendido. Por eso debes hablarme, para que deje de dudar, y me lleves a la certeza de que tú me hablas, y no la voz de mi mente. Sé que tu figura es grande e inimaginable, por eso te ruego que me respondas quién eres.
– Soy yo
– ¿Eres tú Juan?
– Sí, lo soy
– Juan: ¿quién eres?
– Soy aquel que prepara el camino
– ¿Qué camino?
– El camino al Señor
– He leído de mi buen Jesús: Yo soy el camino, la Verdad y la Vida. ¿Puedes hablarme de esto?
– El Señor es el camino, yo soy quien lo prepara
– Se me ha dicho que te pregunte por los tres reyes que adoraron al Señor luego de nacer a este mundo, ¿puedes hablarme de esto?
– Esos seres cumplían su misión dentro del Plan
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– ¿Puedes hablarme más de ellos?
– Esperaron nuestros nacimientos, trabajaron en secreto.
– ¿Cuál era este trabajo?
– La venida del Señor
– ¿Cómo realizaron este trabajo?
– Según lo encomendado por el Padre
– ¿Qué se les encomendó?
– Proveer lo necesario para que se realicen los nacimientos
– ¿Por qué fueron a adorarle?
– Porque le esperaron y trabajaron para Él
– Mi instructor me ha dicho que luego de adorarle, se presentaron en tu casa para adorarte a ti. Cuéntame de esto por favor.
– Estos seres trabajaban directamente para Dios
– ¿Por qué irte a adorar a Ti?
– Porque yo formo parte de la misma misión
– ¿Son tú y Jesús la misma persona?
– No, yo le sirvo.
– Juan, hermano mío: también he escuchado que de los varones nacidos de mujer, nadie ha habido más grande que Juan el Bautista. ¿Eres humano o no?
– Nací en semejanza de carne.
– Quiero saber si en esa vida fuiste un hombre como yo
– Fui un hombre, no como tú
– ¿En dónde residía la diferencia?
– Yo vine de la mano del Señor, a cumplir su mandato directo.
– ¿Puedes hablarme de este mandato?
– «Despierta a las almas que yacen dormidas, manténlas despiertas hasta que Yo llegue”.
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– ¿Cuál es el fin de tal mandato?
– El tiempo era corto, y aquellos que querían despertar, debían ser puestos al principio del camino.
– ¿Eso era lo que hacías al bautizarlos?
– Eso era el comienzo
– Hermano Juan, ¿puedes hablarme más de los tres reyes?
– ¿Qué quieres saber?
– Se me habló de Hermes Trimegisto, y nada sé sobre este nombre.
– Los tres reyes son tres hermanos, y son uno en este ser.

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