Dialogos con juan el Bautista – Parte 5

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Dialogos con juan el Bautista – Parte 5

Domingo, 07 de Mayo de 2000

Juan, hermano: en nuestras charlas silenciosas tú me escuchas, y me hablas. Juan, tú que estás más cerca del Padre, agradécele que fortalezca mi fe con estos ejercicios. Agradécele directamente la ayuda que recibo a través de vosotros y de mi instructor, pues sé que me sostienen, que contienen mi mente para que no se perturbe, que llevan cargados mis pesos para que yo avance hacia donde vosotros queréis. ¿Qué más puedo pedir? ¿Puedo pedir acaso algo que no me estén dando en el tiempo adecuado? Todo yace en vuestras manos, y ante esa Voluntad me ofrezco como hombre. Sea lo que deba ser. Amén.
– Juan, como debo desterrar a través de ti toda duda y toda curiosidad, de todo he de preguntarte. Mi cuerpo se ha enfermado un poco. ¿Puedes hablarme de por qué el cuerpo se enferma?
– Sí. Ya hemos hablado de la armonía de los elementos naturales. Cuando algunos elementos vibran a destiempo, las vibraciones no son perfectas y generan desorden. Ese desorden es la enfermedad.
– Vamos entonces más profundo. ¿Por qué nace este desorden y produce la falta de armonía?
– El hombre es influenciado por varias fuerzas. Cuando alguna fuerza lo sacude y no está fuerte, se sale del orden
– ¿Son físicas estas fuerzas?
– No, pero actúan sobre los elementos naturales
– Sé que mi estado natural es la salud y no la enfermedad. ¿Cómo se mantiene uno allí?
– Viviendo en armonía perfecta con los elementos de esta tierra.
– Pero esto es muy difícil. No conozco cómo voluntariamente puedo vivir en esa armonía
– Mientras se desconozca esa armonía habrá desorden
– Pero Juan, he visto que mi instructor también se enferma, y seres como Sri Ramakrishna han contraído enfermedad
– La enfermedad ronda el cuerpo humano y en algunos momentos lo traspasa. A veces deja huellas, y a veces no.
– ¿Cómo me explicas que aquellos que son uno con Dios, se enfermen?
– En su caso, su cuerpo comienza a ser olvidado, y les es costoso seguir atados a él.
– O sea que tanto ellos como yo, por una causa u otra, sufrirán enfermedad
– Mientras hay cuerpo, ese peligro existe en la realidad.
– ¿Hay alguna forma de que este cuerpo no enferme jamás?
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– Si dedicas tu existencia a esta meta, y te vuelves conocedor absoluto de las leyes de la naturaleza y las prácticas, difícilmente padecerás desorden en tu cuerpo físico.
– No creo que deba ser esa mi meta, así que soportaré la enfermedad a costa de buscar la meta asignada. Juan, he leído en algunos textos que Jesús tuvo hermanos de sangre. ¿Es esto así?
– Jesús fue único hijo de María.
– ¿Vio Jesús morir a su padre José?
– Él estuvo en su lecho cuando su espíritu alzó el vuelo hacia el Padre, y lo confortó en todo instante.
– Juan, ¿qué enseñanza quieres darme?
– Tú ya tienes la enseñanza en ti. Ha sido plantada en varias vidas. Sólo la estás practicando.
– Pero Juan, he tenido caídas como cualquier hombre, dudas, miedos, terrores, falta de fe, angustia, escepticismo. ¿Cuál es entonces la ventaja de esta enseñanza?
– Que no trazas círculos por donde vuelves a pasar. Tú vas a camino a Dios, y te sucederán todas las cosas posibles para que cada codo del camino sea recorrido en plenitud. No puedes saltearte nada. ¿Acaso crees por un instante que Dios te abandonará?
– Sabes por estar con Él Juan, que cuando el dolor ha sido inaguantable, y la desesperación me hacía creer que mi hora se acercaba, le preguntaba a Dios por qué me abandonaba.
– ¿No vino la consolación luego de la tormenta?
– A veces tardó mucho tiempo en llegar
– Dios sabes hasta dónde te ha dotado. No permitirá que te hagas un solo rasguño que no haya sido calculado.
– Juan, ¿me volverá a ocurrir ese terror de muerte?
– Ya no hermano mío. Ese tiempo ha acabado.
– Cuando recuerdo con mi mente esos instantes, mi sensación era la de estarme quemando en una hoguera. Era estar siendo atravesado por el fuego.
– A veces, se debe bautizar con el fuego del Espíritu Santo.
– Pero Juan, luego de mi bautizo, yo he seguido pecando
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– Es que eres torpe y pequeño en muchas cosas. Tú ocúpate de tu alma, que nosotros nos ocuparemos de tu mente
– Pero la mente ataca de vez en cuando Juan
– Siempre atacará. Así como te he dicho que mientras haya cuerpo hay peligro de enfermedad, mientras haya mente hay peligro de pensamientos perturbadores.
– ¿Qué me sacará de una vez por todas de estos peligros?
– Tú ya sabes, y en eso debes poner tu fe.
– Mi fe es más fuerte de lo que yo comprendo o deseo. Pues pase lo que pase no me he apartado de aquel que han puesto para mí, aunque a veces mi mente dudó de él, y mi corazón combatió. Pero siempre he temido que alguna de sus pruebas no pueda atravesarla. Hay partes de su enseñanza que no puedo alcanzar
– ¿Qué te preocupa eso si le amas?
– Puedo amarle, pero me enojaré si no entiendo algo
– Enójate, pero no dejarás de amarlo
– Juan: ¿todo está seguro para mí en el camino a Dios?
– Es seguro que irás a Dios, pero el tiempo depende en gran parte de ti. Como te dije antes, nunca dejes de dar tus pasos
– Aunque no comprenda, caminaré. Aunque me enoje, amaré. Aunque me sienta abandonado, clamaré por Dios. Aunque me crea morir, seguiré pidiendo a gritos tu auxilio. Porque sé que la virtud no me pertenece, sino que es el transporte que se me ha dado para viajar más rápido y seguro, y que una vez llegado a destino, me bajaré de él, porque el transporte pertenece al camino y no al destino. Juan, quiero sentirte más concretamente
– La próxima vez que hables conmigo, comienza a dibujarme. Eso ayudará.
– Eso haré. Gracias Juan.
Martes 09 y Jueves 11 de Mayo de 2000
Te saludo Juan, desde lo que soy, desde donde me inclino para hablar contigo. Ante ti mi hermano misterioso, que eres capaz de atravesar la distancia que separa lo divino de lo humano, sólo puedo regocijarme y aceptar este agraciado diálogo. A veces no quiero escribir palabras cuando te presentas en mi mente: me bastaría con este momento en que estás conmigo y el nombrarte. Juan, qué magníficos son los seres como tú que llaman a mi fe y no necesitan más que mi atención para enseñarme. Por cuán extraños e ilógicos pero únicos caminos me hacen transitar para prodigarme La Palabra. ¿Cómo es que mi buen Padre se ocupa tan extraordinariamente de este hijo que tantas veces le ha negado la mirada? Que
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jamás deje de maravillarme y regocijarme el Amor divino, y que Éste sea mi meta, porque no he encontrado nada tan perfecto sobre esta Tierra. Amén.
– Querido Juan, hoy te pido que hablemos de los seres altos de los que sé. Me has hablado de la afinidad con Jesús, pero yo debo preguntarte sobre aquellos que no sólo son afines sino cercanos en mi sentir. Por ejemplo, he sentido a Ramakrishna como un dulce padre a la vez maternal y cuidadoso, y este sentir me llegaba aún más que su enseñanza. ¿Quién es en verdad Sri Ramakrishna?
– Este ser está unido a Dios. En la forma humana experimentó las más diversas visiones divinas, se volvió simple como un niño, y sólo quería a Dios. Le era en extremo dificultoso mantenerse vivo en este mundo
– Pero Juan, esta es la historia que conozco. Yo necesito saber de mi relación con Ramakrishna
– Él es cercano a ti a través de tu instructor, a quien Él se encargó de tocar en esta encarnación. Ramakrishna vibra en su interior, y por ello vibra en ti.
– Sé de esa visión que tuvo mi instructor cuando pequeño. ¿Hay algo más que deba saber sobre la función de este alto ser en mi vida?
– Debes saber que al igual que otros altos seres como tú les llamas, observan directamente tu evolución.
– ¿Es Ramakrishna cercano a Jesús?
– Ramakrishna es uno en Dios, al igual que Jesús, por lo que son más que cercanos. El Señor se apareció en una visión a Ramakrishna.
– Juan, desde pequeño siempre he pensado que cuando yerro, en los cielos se mira con piedad mi error, pero que cuando doy un paso verdadero hacia mi Padre, hay gozo en algún lugar de allí. ¿Es esto así?
– Tú eres hijo,¿ y qué padre no se alegra al saber que su hijo ya está cada vez más cerca de casa?
– Sé que así debe ser, mas ¿no está «calculado» en el Plan cuánto tiempo he de tardar en llegar a mi Padre?
– Recuerda lo que hablamos sobre el Libre Albedrío, y la Eternidad. Piensa en ello y tendrás tu respuesta.
– Bien, creo que soy fruto de la Creación para volverme consciente de Ella, y retornar a Ella en un estado más evolucionado, pero que la Ley del Libre Albedrío actúa sobre mi temporalidad en esta evolución, más allá de que mi esencia, mi alma, es eterna. Creo por esto que por más que esté escrito en algún sitio de los cielos mi camino hacia mi Padre, soy yo quien escribe pequeños trazos largos o pequeños, imperfectos, a través de mis decisiones conscientes o inconscientes. Imagino que cuando deje de trazar, y me detenga en un punto, que es lo más parecido a la eternidad que concibo hoy, habré dejado de utilizar imperfectamente esta Ley, para realizar la Voluntad directa de mi Padre que
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iluminará mi conciencia. Mas para todo esto, para que el fruto madure, el tiempo es un mecanismo inexorable. ¿Es así Juan?
– Descubrirás la perfección de la Ley cuando hayas llegado a tu Padre
– Juan, durante un tiempo también venía a mí la forma del Buda, el discernimiento perfecto. La forma de Dios-Buda hacía que sintiese fuerza para combatir mi autoengaño. ¿Es Buda también cercano a mí?
– ¿No has sentido acaso su fuerza en tu conciencia? Cuando leías sobre Él, ¿no vibrabas con su Verdad profunda? ¿No trataba tu espíritu de ir en busca de Su Recuerdo? Si sabes que esto es así, el Buda es uno de aquellos seres de los que antes hablamos
– Pero debo entender que no están divididos en algún lugar de lo Alto, sino que siendo Unos en el Uno, pueden ser Todos y Cada Uno a la Vez
– Dios no tiene división, mas tú sabes que sus formas son infinitas para aquellos hijos devotos que requieren alguna en especial. Por eso ha enviado a Sus Hijos a este mundo de vez en vez con diferentes formas.
– ¿Es la Encarnación más grande Jesús?
– El Señor ha encarnado directamente por propia Voluntad y por Amor al hombre. Vino y vela por toda la Humanidad. No vino a auto-realizarse, más sí a dar la llave de la realización en Dios
– Esto es diferente a las otras encarnaciones que conozco, pues en este sentido fueron diferentes sus misiones. Moisés por ejemplo, a quien siento cercano a la forma Cristo, debía dictar una Ley para el pueblo elegido del Señor y conducirlos a la Tierra Prometida
– Eso hizo entre otras cosas, mas también trabajó arduamente por esta y otras humanidades
– Cristo vino a dar salvación a esta humanidad. ¿Las otras encarnaciones no venían a hacer lo mismo?
– Cada cual cumple una parte del mandato Divino para la evolución del hombre, pero Cristo se halla íntimamente unido al hombre, en una forma más directa.
– ¿Y cómo definirías a seres como mi instructor?
– Tú quieres que compare y no lo haré. Sabes bien quien es tu maestro, y lo que sientes sobre él es lo correcto
– Respeto tu sentencia Juan. A veces la multiplicidad de formas de Dios llegó a ser tan confusa para mí, que quise llegar a Él sin forma
– Sabes bien que tu mente se cansa de lo que se repite. Por un lado es bueno, porque en esto a ninguna forma puedes aferrarte, pero más allá de tu mente, tu
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espíritu yace unido al Cristo, y aunque tu mente batalle, su forma está inserta en él por toda tu vida.
– Eso siento, que siempre vuelvo a Él. Algo así me pasa con mi instructor, pues aunque mi mente piense y ataque a veces su forma, cuando lo veo, su forma se pierde, y siento que está inserto en mí. Pero ya no lo veo como alguien
– Has llegado al punto en que sientes su esencia, y la esencia no es alguien.
– Con Cristo, aparte de sentir esto dentro, lo siento en derredor
– Cristo abarca todo aspecto: tus adentros y lo que te rodea. Cristo es tu vínculo con la Eternidad.
– Hay otros seres como Yogananda que me resultan conocidos
– Su mirada te es familiar
– ¿Por qué?
– Te recuerda a tu maestro
– ¿Sabes? Cuando me siento aquí a escribir me digo: le preguntaré sobre esto y sobre aquello a otro. Pero cuando suceden estos diálogos, no deseo preguntar. Cuando escucho tus respuestas quiero estar silencioso disfrutando tu presencia. Si pienso, esto es raro, porque tu presencia no es directa en mí hasta donde mi mente ve. Pero si pienso me siento estúpido, porque mi mente es muy corta de vista, así que prefiero sentirte
– Siénteme
– Siento sólo una parte. Algo en mí es como un embudo que deja pasar una parte de ti y no el todo
– Cuando seas libre, sentirás todo. Mientras el hombre es hombre, aunque la Gracia caiga sobre Él, todo lo recibe con medida, pues no puede recibirlo todo. Quien recibe todo, difícilmente pueda seguirse manteniendo como hombre de este mundo, pues el imán de Dios lo atrae tanto que su vibración se vuelve tan alta que le es casi imposible mantenerse con forma sin disolverse en el Uno. Por eso se nos fortalece, y se nos otorga todo gradualmente para que cada vez absorbamos más la Unidad. En un punto, hasta nuestra materia se vuelve transparente respecto a la Divinidad, y somos uno con ella.
– Se me ha dicho que Dios se hará presente en mi conciencia. ¿Es esto posible siendo yo tan inconsciente?
– Sabes que Dios está en tu corazón, y como su Sabiduría es Infinita, sabe cuándo ascenderá a tu conciencia iluminándote. Tu espera en Él, y vuélvete cada vez más sencillo. Deja ya de preocuparte, pues se te ha prometido lo que Debe Ser. Abandona todo temor e incertidumbre al respecto, y realiza tu vida con sencillez hasta alcanzarlo.
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– Sea lo que dices Juan, y que la Gracia de Dios me siga favoreciendo y aniquile las dudas en la parte egótica de la mente.
– Sea Así.
Domingo, 14 de Mayo de 2000
Juan, bendición de estos días: te hablo a ti, espíritu del hombre destinado a servir a la Sagrada Misión de Jesucristo. A ti, que una vez dijiste no ser digno siquiera de atar las sandalias del Señor, aquí me tienes, con el mismo sentir respecto a ti. Mas a tu Señor le eres muy amado, como yo querría ser amado por vosotros, los que desde lo Alto mueven las fuerzas de mi vida humana. Juan, que conociste el dolor y la soledad, que virilmente aceptaste tu destino, y lo ejecutaste con grandeza y humildad de corazón: sólo puedo seguirte a este desierto donde hablamos solos, donde me invitas a comulgar con mi alma que lucha por inundar mi conciencia de Dios. Despiértame Juan, no me dejes dormir el sueño de la inconsciencia humana, pues no es bueno que predomine la obscuridad ni en mí ni en mis hermanos terrestres. Apiádate una vez más y un millón de ser necesario, de este hermano tuyo que te confía su presente. Sea lo que Dios dicte. Amén.
– Mi amado hermano: hablando con mi guía reflexionábamos acerca del éxito y trascendencia de las misiones de los maestros divinos en el mundo. Nos preguntábamos el por qué Jesús quedó grabado a fuego respecto de los otros: si por su elevadísima enseñanza, o por su final espectacular en la carne. ¿Tú que dices?
– El hombre, mi querido hermano, queda prendado más de las obras que de La Palabra. El hombre ha considerado el sacrificio en la cruz como la obra máxima del Cristo, y ha reducido su misión a esa culminación.
– Por eso supongo que el símbolo del cristianismo en cualquiera de sus ramas es una cruz. Como tú bien dices, parece ser que la síntesis de toda la misión de Jesús ha sido su sagrado sacrificio. Pero quizá esto es parte del Plan
– El Plan, como ya te he dicho, era mostrar la Luz al hombre sumergido por largo tiempo en las tinieblas. La cruz fue parte de la enseñanza, mas no toda la enseñanza.
– Lo sé mi buen hermano. Veo a hombres que llevan crucifijos, que oran generalmente para implorar que sus dolores y pesares se detengan, iglesias y templos cargados de compunción y oraciones dolorosas. Bello es que los hijos se dirijan al Padre, pero sería más bello que se encuentren con Él aplicando cada gota de La Palabra por Jesús vertida. ¿Debo concluir entonces en que el hombre se ha quedado con el dolor de Jesús mas que con su Palabra?
– Cuando el Señor predicaba, sabía esto. Sabía que las personas tomarían más lo que viesen que lo que Él enseñase por medio de La Palabra. Por eso, pedía que aunque sea creyesen en lo que veían si no creían en Él. Su obra fue reducida a sus milagros, sus palabras han sido usadas en forma superficial y manejada por el hombre. Poco ha quedado de aquello que predicó: «El reino de los Cielos está entre
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ustedes». Se cree más en la Salvación que en la Enseñanza. Pero Cristo dio la Salvación en la Palabra, Él mostró el camino con la Palabra, obró con la Palabra, y sus milagros fueron hechos con La Palabra, la unión directa con el Padre. Cristo habló, no estuvo en silencio como otros maestros que buscaban la iluminación para luego ejecutar su misión. Habló con La Palabra, Obró por La Palabra, y amó en La Palabra. Pero para el hombre, en su mayoría, las enseñanzas son: palabras.
– A veces siento que la cruz fue algo así como el último recurso, como que la tendencia del hombre era seguir así siempre, sin escuchar. Creo que si Cristo hubiese terminado sus días en la Tierra por la vejez, lo hubiesen creído uno más. Su agonía en la cruz, su resurrección, fue como un grito de Dios. ¿Por qué los cristianos oran al Cristo padeciendo en la cruz y no al Cristo que salió de su tumba? ¿Por qué en verdad creen tan poco que hoy está aquí, con su infinita gloria, esperando a que lo queramos ver, mientras adormecidos nos arrodillamos ante la imagen del Hijo del Hombre sufriendo la condena impuesta por la Humanidad en tinieblas?
– A veces, lamentarse es el pretexto para dejar de caminar. Aún el hombre que intenta hallar la sinceridad, queda muchas veces atascado en su camino por el lamento, sintiendo lástima, culpa, o pesar de sí mismo. Cuando Jesús resucitó, mostró que nada hay por encima del espíritu del Hombre, ni la muerte, ni el dolor, ni el sacrificio. Pero han mirado más al dolor y a la muerte que al Alma del Señor. Aún muchos de sus discípulos no creyeron hasta que le vieron de nuevo, no creyeron en su Palabra. Hasta no ver, ellos también sólo recordaban algunas de sus palabras.
– Si sus discípulos directos debieron ver para creer, ¡cuán poco nos queda a los hombres de hoy!.
– Es por eso que Jesús enseña directamente hoy a través de su presencia Yo Soy, para que el hombre crea, ya no en el humano crucificado, sino en La Palabra vertida ahora en la conciencia.
– Háblame más de esta enseñanza, porque no creo que los hombres la estén tomando o sintiendo.
– Esta enseñanza es el Espíritu de Verdad que el Señor prometió a sus hijos luego de su Ascensión al Padre. Obra directamente en la conciencia del hombre
– Pero amado Juan: si el hombre no mira a su conciencia, ¿cómo sentirá al Espíritu de Verdad?
– Esa es la parte decisiva de La Ley de la que hablamos antes: el libre albedrío. El hombre sólo puede ser salvo cuando encuentre al Espíritu de Verdad que el Señor envío a este mundo, y lo escuche. Mientras no lo haga, seguirá buscando la salvación fuera de él, y no en sí mismo.
– Por eso entonces veo lo que veo en las iglesias y otros templos: porque el hombre busca a Dios en los cielos, para que extienda su mano salvadora y lo rescate de la aflicción. Seguimos esperando los milagros de Dios, y no hemos creído Su Palabra.
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– Es que el milagro ya ha sido hecho: es el Espíritu de Verdad que existe en la conciencia de todo hombre que nace en este mundo. Pero no lo buscan, porque como bien has dicho, sólo se recuerdan las palabras, mas poquísimos creen en La Palabra. El hombre se aferra a las escrituras, pero el Espíritu de Verdad es la continuación eterna y aplicada de La Palabra en el hombre. Hasta que no miren directo al espíritu, se quedarán atascados en el sufrimiento de la vida del mundo.
– Oraré Juan, para que esta humanidad busque el tesoro que le ha sido anunciado, enviado y confirmado, y no puede hallar aún en sí misma. Creo que el hombre se ha confundido de tesoros y se ha extraviado del camino, una vez más.
– Ten fe hermano mío, pues Dios sabe lo que hace. Y ten fe en el hombre, que es parte de la vasta Creación de Dios.
– Así sea Juan, por sobre la lógica y los hechos. Sea mi fe en La Palabra. Amen
Miércoles, 17 de Mayo de 2000
Juan de Dios, de Cristo y mío, Juan del desierto, Johanan de Israel, hermano mayor de la humanidad. Hoy te pido aún más alimento, no sólo para mí, sino para quienes puedan nutrirse de La Palabra. He confirmado que como tú me has dicho, ya estabas en mí. Al vibrar como mi alma dicta, escucho una misma vibración de ti, armónica y natural, como la de Jesús, la de mi instructor, la de mi conciencia. Todas vuestras voces se hacen mi voz, y no hallo distingo ni separación, pues sois como las cuerdas de un instrumento, que separadas son capaces de entonar una melodía, y juntas suenan en armonía perfecta. Incluso yo, sin ser tocado por el Divino Intérprete directamente, soy obligado a emitir mi sonido a causa de la resonancia que me producís. Nunca dejen de vibrar amados míos, pues la humanidad ha escuchado ruidos por mucho tiempo, y sé que necesitan vuestra melodía de Dios. Quien pueda oírla, que la oiga. Amén.
– Antes de seguirte preguntando por cada encarnación o maestro en particular, quiero detenerme en lo siguiente: ¿existe un consejo Supremo que los reúne, donde se observan ciertas acciones y se consultan las formas de evolución del Plan?
– Los seres de Dios están unidos como antes te he dicho, y observan de cerca el desarrollo de sus mundos, e intervienen de manera directa e indirecta cuando es necesario. Asimismo ejecutan acciones a través de sus emisarios en este y otros planetas.
– Gracias por responderme esto, y ahora se me ha pedido que siga profundizando más en los seres de Dios que han venido a la Tierra a enseñarnos directa e indirectamente. Hablemos de Moisés, o Moshé, su nombre no es relevante aquí, mas sí lo creo su misión y trabajo. ¿Puedes hablarme de este antiguo antecesor de Cristo?
– Como ya sabes, también actuó dentro del entorno del pueblo de Abraham, y fue guía para su gente. Si bien fue educado en la cultura egipcia, se retiró en cierto
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tiempo para profundizar en su interior. En su ser latía con fuerza enorme la llama de Dios, y esto le fue revelado. Fue el puente de la Ley de Dios, para que el hombre supiese cómo honrar a su Padre. Les trajo esta Ley, y luchó para inculcarla. Puso en práctica las altas virtudes de la fe y la perseverancia, la paciencia en la adversidad. Su camino fue inquebrantable. Debió padecer la necedad de los jerarcas egipcios, como así también la debilidad de su pueblo. Tal como Abraham, Moisés fue llamado amigo de Dios. Él era el vínculo entre Su Voluntad y el pueblo elegido. Su misión aún no termina, pues como la de Jesús, fue distorsionada, y utilizada para fines egoístas. Conoció a Dios en todo su esplendor, y fue Uno con su Poder y Gloria.
– Y dime Juan: más allá de la historia, ¿puedes decirme que la misión de Moisés fue exitosa?
– Su figura, bien o erradamente, es adorada hasta hoy. La Ley que trajo a esta Tierra es vigente. Lo que los hombres hacen de época en época, pertenece a lo transitorio, pero su misión es eterna. Moisés mostró directamente la Gloria de Dios y su relación con el Señor. Como hombre, hizo ver la grandeza del espíritu humano cuando se halla en comunión con su Señor. Como enviado, cumplió valiente y perfectamente lo encomendado.
– ¿Creen los judíos en él verdaderamente?
– Tanto como los cristianos creen en Jesús, y sé bien que entiendes esta respuesta que te doy
– Lamentablemente la entiendo hermano mío, y digo así por lo que hemos hablado días pasados sobre lo que queda en los hombres respecto a estas encarnaciones de Dios, que son más convenientemente utilizadas para formar religiones y divisiones en la humanidad, que para tomar el camino directo a Dios que han venido a mostrar. Encuentro cierta similitud en la Ley de Moisés con el óctuple sendero del Buda. ¿Por qué debe ser traída la Ley a cada tiempo Juan, a los hombres de este mundo?
– Debe ser traída porque el hombre no va a buscarla
– ¿Pero no viene ya grabada en su corazón?
– ¿Y mira acaso el hombre siquiera un poco su corazón? Sabes que esta Ley y Dios mismo se halla en lo profundo del corazón del hombre, pero también ves que pocos son aquellos que buscan en esta profundidad. Aún así, estas leyes han sido grabadas por estos y otros seres de más arriba, en la mente del hombre. Aún así, el hombre las conoce y poco las obedece
– ¿Necesita en verdad el hombre de estas leyes para regirse?
– Son como las riendas a los costados de un puente colgante. La vida del hombre es el puente, y el hombre lo quiere atravesar corriendo. Pero cuando esto sucede, el hombre agita el puente. Algunos desesperan más, y en vez de detenerse para que cese el movimiento, corren más rápido, y caen descontrolados al abismo. Quien se detiene un segundo ante el movimiento que causó por su propia torpeza, queda asido de las riendas, y ahora, con mucho más cuidado, se desplaza paso a paso
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sin soltarse, porque conoció el peligro, y prefiere ir asido y seguro, aunque más lento, hasta llegar al otro lado
– El único entonces que no necesita asirse a las riendas, a la ley, es aquel del paso perfecto, el que conoce el puente, la partida y la llegada. Que camina entre las riendas sin sujetarse, porque no es torpe, ni corre ni va lento. Da el paso exacto porque se halla iluminado. ¿Son estas las encarnaciones de Dios?
– Estos son sus Enviados. Quien ha sido enviado por un camino para llevar a otros al lugar de donde ha sido enviado, conoce perfectamente el camino, y cómo debe atravesarse, pues viene del otro lado. Él indica cómo se recorre, y muestra las riendas puestas para aquellos que aún caminan inseguros por donde no conocen, y va delante de ellos para que no teman, y se sientan guiados.
– Es hermosa esta metáfora Juan. ¿Existen puentes sin riendas a los costados?
– ¿Tú dices si hay caminos sin ley de donde asirse? Cuando el hombre da los pasos que Dios le hace caminar, se está fuera de la necesidad de toda Ley, porque ya la Ley Es en ese hombre.
– Mientras el hombre pise esta Tierra, necesitará leyes entonces.
– La Ley que se le ha dado al hombre es para que no caiga al precipicio a causa de su ignorancia.
– Entonces si elige negar la Ley, caerá
– Indefectiblemente. No cae por la Ley, sino por su ignorancia. No es condenado por la rienda, sino por su negación a asirse a ella mientras corre por sobre este puente que no es firme.
– Y el Buda, ¿tuvo éxito en su misión según el hombre?
– Como otros seres el vino a dar su enseñanza. La descubrió en su alma, en la perfecta soledad, en el conocimiento profundo de su ser. Cuando hubo hallado la Luz encendida desde siempre en su conciencia, la dio a los hombres. Su enseñanza fue directa, sintética, irrepetible. Mostró la realidad del mundo del hombre al hombre, y el hombre conoció la forma de este mundo. Luego enseñó el camino recto, sin desvíos ni recodos, hacia la liberación del espíritu. La ley que mostró era inflexible y concreta, y una sola forma para lograr ponerla en práctica. Sólo aquellos que se reflejan en esta búsqueda directa son capaces de alcanzar esta enseñanza. Se requiere de la perfecta concentración en la meta para llegar a la meta. Atravesar el dolor del obstáculo del miedo, conocerlo y producir así el desvanecimiento de lo temido. Y no detenerse jamás.
– Es así entonces que para cada hombre, para cada tiempo, para cada pueblo, hay una forma que ha sido Enviada por Dios para ser Alcanzado.
– Siempre el Señor enviará lo necesario hasta que cada uno de sus amados despierte a Él.
– Que el hombre tome lo que Dios ha enviado. Así sea
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Domingo, 21 de Mayo de 2000
Mi Juan, pido perdón por dejar pasar tanto tiempo. Si bien cada día estás en mi pensamiento, tardo en venir a escribir nuestras charlas. Tú sabes que eso hace el hombre: conoce qué debe hacer, y lo deja para hacerlo luego, y tal vez no lo hace. Tú que me has hablado de la perfecta Ley del libre albedrío, aquí me muestras cómo funciona en mí. Antes decía yo: Si Dios quiere así será. Ahora me doy cuenta que en verdad decidimos, que aunque el Padre quiera, y tengas el más Alto apoyo, y la instrucción espiritual al mando de un gran guía, si no eliges lo que debes, comienzas a hundirte en la obscuridad. Creo que el hombre no podrá dejar de hundirse mientras viva en las ciénagas. Que no deberá perder el temor hasta que no pise la tierra firme de la Conciencia Pura. Por eso Juan pido tu bautismo cada día, porque cada día puedo morir por mi ignorancia y nacer a Dios por vuestra Gracia. Aunque veas mi torpeza, por favor, no te quites de mí. Te rogaría que fuese tu voluntad en mi ser, pero debo observar la Ley, y hacer que mi voluntad vibre con la tuya, y se vuelva fuerte para cumplirla. Que tu enseñanza sea la destructora de mi ignorancia y dejadez. Así sea.
– Juan, cuando hablo con las personas que requieren ayuda espiritual, me he topado con diversas cosas: algunos confunden esta ayuda con que se solucionen sus problemas afectivos, familiares, económicos, con encontrar no a Dios, sino a una pareja que los ame. Siento que la gente está muy confundida, pues si con suerte sorteamos este escollo, sólo vienen al principio, y al ver que el camino a Dios no es mágico, ni se logra con recetas o fórmulas, ni se obtienen resultados maravillosos en días, se desilusionan, y abandonan lo que iniciaron al poco tiempo. Johanan: ¿cómo se hace para llevar a Dios a estas personas? ¿De qué debo valerme para que emprendan en verdad el camino? ¿Qué debo darles hoy?
– Mi hermano: las gentes de tu tiempo van tras otras cosas, como tú ya has visto. Tú dijiste desilusión, y así es, pues hasta el camino a Dios en ellos es parte de una ilusión. En Verdad, están dispuestos a dar muy poco de sí para emprenderlo. Tú escuchaste a Cristo decir: Quien tiene oídos para oír que oiga. Serán pocos quienes te oigan así. Ellos quieren magia, creen que Dios está en lo sobrenatural, en lo extraordinario. No te creen en verdad con el corazón cuando les dices que haciendo una vida sencilla y limpia están hallando a Dios. Todos quieren verlo, pero Dios no se mostrará al corazón nublado por la mente. Entonces nadie quiere limpiarse primero, transcurrir vidas tal vez de esfuerzo, para obtener la Divina Gracia de su Revelación. Las gentes de hoy quieren todo de inmediato, desconocen de la fe hermano mío, de la paciencia, del amor verdadero. Aún así mucho puedes hacer: golpea en sus mentes con vehemencia, hasta que esas pesadísimas puertas se abran o se cansen. Yo sé que tú no te cansas de golpear, aunque sepas que la puerta está soldada, golpearás siempre, porque amas al Señor, y sabes que el morador agoniza dentro de esa casa, y tú golpearás hasta que él mismo te ayude desde dentro a abrir las enormes puertas. Una vez que logres una hendija, y que la Luz se filtre por sí misma, sigue allí con el morador, pues tendrá miedo. Y luego recibe de lleno la Luz con él. Pero de los centenares de puertas que golpees, sólo un puñado cederá, porque este tiempo es obscuro, y la gente no busca en verdad a Dios, sino la salvación sin esfuerzo ni fe.
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– Pero Juan, ¿entonces por eso hay seres como Sai Baba, que muestran materializaciones y otros efectos espectaculares? Si a la gente no los deslumbras con estos actos, ¿no escuchan la enseñanza?
– Mi amado hermano: tu Maestro Jesús debió obrar milagros para que aunque sea crean en ellos, y no en Él.
– Yo no tengo poder Juan, lo único que tengo es la enseñanza que habéis puesto todos vosotros en mí. No puedo deslumbrarlos con nada, y de poder hacerlo, no querría que se deslumbren.
– Mira: si acaso tuvieses ese poder, ese poder vendría del Padre, y te sería dado para que lo uses. Mas otro poder tienes que también es del Padre, y debes servirlo a Él con este poder. Tu sagrada enseñanza esparce, dala a quien la pida, aunque luego éste la olvide. Es lo justo dar lo que se recibe de Dios, y tú lo das.
– ¿Puedes ahora enseñarme la correcta forma de verter esa Palabra en mis hermanos?
– Da la Verdad con Amor, porque así te fue enseñado. Habla a las gentes, pero sólo a aquellos que te busquen, porque el Señor hace que quien busca, encuentre. No viertas palabras en aquellos que no procuran por la Verdad, pues malgastas el poder en corazones aún muy endurecidos. Deja que las épocas se encarguen de ablandarlos. A veces las gentes necesitan la enseñanza más larga, pues no sólo están ciegos, sino que aún tapan sus párpados, no sea que la Luz Divina los toque y repare su vista. Porque aquel que Ha visto, ¿qué dirá luego? ¿Que no recuerda lo que vio? Por eso el ladrón de su vida, que se halla escondido en lo profundo de sus mentes, los engañará, y les dirá: «no veas, porque te conviene seguir así, no sea cosa que por ver debas dejar lo que haces ahora y te gusta». Deja que el seductor tiente a tales, pues aún deben caer para levantarse del dolor más tarde. Pero a quien te busque, muéstrate, y no olvides que es Dios quien le ha traído ante ti para que le des tú lo que ya has recibido. Y si luego lo niega, no insistas, pues volverá en otro tiempo. Trátalo con amor, pero muéstrale La Verdad. Tal cual te he dicho del girasol que busca al sol por su naturaleza. Deja tú a la naturaleza en ti hablar, más suavízala con el Divino Amor que tienes, porque La Palabra es dura a los oídos entumecidos, y ellos se espantan del dolor que les causa, y reparan en él, más que en la cura que les provoca. El hombre de hoy es temeroso e inconstante en sus caminos, pero en este tiempo te toca hacer tu trabajo, y Dios está contigo para que lo hagas. Golpea sus puertas hermano mío, y si te quedan fuerzas túmbalas, y si te echan a patadas, encomiéndalos al Padre. Pero si corren dejando tras de sí la puerta abierta, métete en su casa, y sígueles hablando, porque ese es tu yugo, y bueno es que la morada sea inundada de La Palabra, aunque el morador se esconda. Si ya estás dentro de su casa, no le abandones.
– No lo abandonaré mi buen Juan. Tú sabes que pocos vienen a buscarme, y más aún, que de los pocos que vienen casi nadie se queda. Presto llegan, se van, pues no les satisface un camino hecho paso tras paso. Quieren que alguien los tome al principio del camino, y a más tardar, en unos días, ya quieren que se los transporte hasta el primer signo milagroso posible. No les puedo mostrar nada de esto, sino mis pasos. Cuando les ofrezco ser bastón, desean que no lo sea, pero sí que me transforme en sus pies. Juan, he venido a este mundo a hacer la
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Voluntad sea cualfuere, pero si Ésta tiene que ver con llevar a las personas vuestra Palabra, difícilmente tendrá buen fin esa misión en este tiempo.
– Hermano: aunque el desierto sea el único que escuche tu voz, haz como yo, y háblale. Aunque el viento sea tu testigo, y no sientas más que silencio en derredor, habla. Porque para ello ha sido dada La Palabra, y su efecto puede dar fruto en tiempos venideros. ¿Acaso Dios daría al mundo algo que no diese buen fruto? Confía en la enseñanza que te ha sido dada, atesórala, pues es tu lanza, tu escudo, tu flor y tu alimento.
– Sea Juan lo que me has dicho. Y que quienes quieran ver que vayan a quienes puedan mostrar, y que quienes quieran oír, vayan a quienes puedan hablarle. Y que quien busque encuentre, porque así ha sido prometido por el Maestro. Pero también pido que quien no busque, se tope algún día con el camino que se le dio para su crecimiento y haya negado, y que deba recorrerlo inexorablemente.
– Háblale al que solicita La Palabra, pero no hables a quien te provoca, pues él no quiere La Palabra, sino que traiciones a tu Señor a causa de tu ira. Recuerda que el Señor calló su voz en su propio juicio, pues el hombre quería ponerle a prueba. No dejes que tu lengua hable en tales casos, pues no dirá la Palabra de Dios.
– Y dime Juan: ¿por qué no viene nadie a mí que sólo quiera estar conmigo en el silencio, compartiendo a Dios? ¿Por qué es necesario someter a juicio la enseñanza, y no disfrutarla en el silencio?
– Hermano: compartir el buen silencio llega cuando La Palabra ya ha sido sembrada. Nadie ha llegado al silencio sin pasar primero por La Palabra. Quien gozoso se siente en silencio contigo, como el buen Jesús se sentaba a compartir el silencio con sus amados, tiene en sí muy fuerte La Palabra.
– ¿Hay otra forma de enseñar en este tiempo que no sea a través de La Palabra?
– Las gentes requieren que se les hable, pues buscan fuera la consolación. En sí no hallan más que angustia y pesar, pues no saben descender a lo profundo en su espíritu, pues le temen. Para ir allí, primero se atraviesa la obscuridad del pensamiento, y es fácil perderse. Por eso tus hermanos necesitan de guías que conozcan el camino. Aquel que en verdad desea aventurarse para llegar al fondo de su ser, requiere de la ayuda de quien conoce ese bosque tan denso, para no perderse.
– Entonces ¿cuál es exactamente la enseñanza? Porque cuando llega alguien pidiendo que lo guíe, le digo que se encomiende a Dios, que no abandone el camino, que lo acompañaré en cada paso hasta que pueda caminar solo. Pero que no será inmediato y que se requiere de esfuerzo y fe.
– Deja que la enseñanza fluya a través de ti. Permite que Dios sea quien enseñe a través tuyo. Sigue hablándole al hombre tal cual está en ti, y no te apartes de ese sendero aunque poco gusten de escucharte. No decaigas, porque debes creer en tu Señor. Así como Él te ha esperado siempre, espera tú a tus hermanos, y aunque dejen de verte sigue orando por ellos, porque al tiempo volverán al camino cuando desesperen y sientan miedo. ¿Acaso puede sobrevivir en el bosque aquel que se ha perdido? ¿Acaso negará siempre la ayuda de aquel que no teme más al bosque?
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¿Acaso no se angustiará jamás de la obscuridad que lo rodea, y clamará porque le lleves a la luz? Para todo, bien conoces, hay un tiempo. Se te dijo desde pequeño que cae el fruto sólo cuando madura, y que aunque te sientes a esperarle bajo el árbol, sin quitarle mirada ni cuidado, no adelantarás un segundo a su crecimiento. Pero eso sí: estate cerca del árbol, no sea que en un descuido, caído el fruto a la tierra, lo consuman los gusanos y lo encuentres demasiado tarde. Cuida que el árbol no enferme, prodígale agua a su tierra, aparta las hojas secas que pueden apestarle, y toma los frutos buenos. Límpialos, y llévalos al Dueño de la Huerta, a quien pertenecen.
– Juan, ¿acaso no hay frutos ya agusanados antes de yacer en tierra? ¿No es posible que estos árboles estén enfermos?
– Sí hermano mío, el trabajo en este tiempo es más duro aún, porque toda clase de plagas y pestes rondan esta huerta. Y difícilmente no contraigan mal estos árboles. Pero los árboles que sobreviven a las pestes son los que tienen sus raíces hondo, en buena tierra. Cuando la peste pasa, se fortalecen aún más, y los frutos son más buenos. No te apartes de tu árbol, y manténlo cuidado, como se te enseñó.
– ¿Qué debo entender que está pasando cuando estando cerca del árbol, veo que los frutos que recojo en mis manos están enfermos en su mayoría?
– Debes entender que estás frente a un árbol que enfermó porque sus raíces eran débiles, y que sus frutos no son malos de por sí, ni el árbol. Esta planta requiere más cuidado y dedicación que las otras. Requiere que uses lo que conoces para salvarlo y muestres tu amor en el trabajo que hagas con él. Siempre recuerda que por el fruto reconocerás al árbol. Tú trabaja, pues esa es tu naturaleza.
– Mi instructor también parece tener algunos problemas con unos frutos.
– Él bien sabe que no todos pueden ser llevados al Dueño, y que si bien se ocupa de cada uno de los que recoge, algunos se han echado a perder. Quien trabaja en los campos conoce esta regla de la naturaleza. Aún así no deja de trabajar por todos y cada uno de los frutos.
– Juan: ¿soy yo uno de sus frutos?
– El te llevará al dueño, mas tú trabajas con él porque así debe ser. Te enseñará como cuidar y recogerlos de la tierra.
– Ya no temo a esto Juan, aunque sí dudo de mi capacidad para hacer bien lo que se debe
– ¿No te he dicho que ningún poder tienes tú, que no sea otro que el que El Padre te ha dado? ¿Cómo puedes tú dudar de lo que Él pone en ti?
– No dudo Juan de lo que Él me ha dado. Dudo de mi mente y en mi mente, que poco tiene que ver con este regalo
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– Pon tu mente a las órdenes de Dios. Ofrécesela, día a día con todo lo que ella tiene: lo bueno y lo errado. Pocas veces te he escuchado diciéndole a tu Padre: ¡toma mi mente! ¡Moldéala a tu gusto y quítale su veneno para que te sirva mejor!
– Es cierto Juan, lo he hecho cuando el dolor me atravesaba, o cuando la sensatez primaba en mí a través de mi conciencia. El resto del tiempo he dejado muchas veces que sea seducida y arrastrada.
– No temas hermano, deja a Dios hacer en ti, y dale todo para que Él haga. Pues no naciste para ser esclavo de tu mente, sino para liberarte de su hechizo. La Gracia de Dios es contigo, no la niegues.
– Sea la Gracia en mí y en todo lo que Es y será.
– Y no digas. ¿Cómo haré esto? O, ¿cómo lograré esto otro? Porque el Señor es el único que Hace, y Él bien sabe qué, cuándo y cómo hacerlo. Mas tú entrega a Él tu alma, para que seas su instrumento, como está escrito. Quien en Él reposa no debe temer, pues tú ya no deseas ser siervo de tu propio pensar, y te has puesto a la orden de tu conciencia, en la que el Señor Habla con La Palabra, para que ésta sea cumplida. Dedica a Él tus días y tus noches, tu vida toda, muéstrale tu desnudez, porque Él te conoce, en faltas y virtud, y Él sabe lo que ha hecho y hará de ti. ¿A qué dudar entonces? ¿Puedes mirar tu duda por siempre? Vuelve tu rostro a Él para que dejes de mirar la cara del ladrón. Regocíjate en tus días, porque Él te ha mirado y te cuida. No dejes que la sombra quiera obscurecer siquiera un poco de tu casa, porque esta casa es el templo del Señor.
– Seré más humilde, y evitaré que mi descuido me haga tropezar.
Martes, 23 de Mayo de 2000
Venerable Juan, hermano mío y del desierto: mis manos esperan por escribir tus palabras. Tú me haces recordar lo que conoce mi alma, lo haces subir a mi conciencia. Me brindas claridad, y en mí retumba una silenciosa voz segura, que habla según La Ley. Ya no me pregunto por qué merezco esta gracia. Sólo la tomo y agradezco. Sé que cada pregunta ya tiene una respuesta otorgada desde el principio del tiempo, desde antes que sea formulada. La respuesta siempre ha estado, es eterna. La Verdad es eterna, sólo se la redescubre, sólo se corren los velos que la ocultaban de nuestra conciencia, pero siempre ha estado allí, en cada cosa que Es. Inclino mi cabeza ante La Verdad, para que me ilumine en este trabajo. Sea como La Verdad Es.
– Me has dicho como Jesús ha dicho: «quien busca, encuentra». Mi instructor pide que se explique esta enseñanza, pues me dice: «uno sólo busca lo que ha perdido» y luego: «¿cómo puede buscarse a Dios, que ha estado siempre dentro nuestro?, ¿Puede buscarse aquello que jamás hemos perdido?». Por lo tanto me dice que esta enseñanza es correcta en un punto, pero hace que la mente nos juegue una mala pasada en otro. ¿Puedes desarrollar esta enseñanza para que las gentes de este tiempo no tengan lugar a dudas, y comprendan lo que realmente deben?
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– Querido hermano: yo sé que bien tu comprendes lo que con esto quiere decirse, mas bueno es lo que pides. La Verdad no necesita ser buscada, mas sí hallada. Se halla en todo lo que Existe, pero es negada por ignorancia, torpeza, tapada por velos que edad tras edad tejemos, y la ocultan de la visión de nuestra conciencia. No se va a ningún sitio, y sin embargo, parece sernos desconocida. Es así que vemos el velo que tejimos con ignorancia y que recubre a La Verdad, y creemos que es la Verdad. Hablamos desde este tejido que apenas deja pasar un poco de resplandor de la Luz Verdadera, y creemos hablar desde La Verdad. Por eso el Maestro ha dicho: quien busca, encuentra. Quien sólo mira el velo y no más allá, no busca. Pero quien procura ver qué hay tras ese velo, será encontrado por la Verdad. Pero debe realizar esa acción para que de nuevo la Luz lo ilumine, esta vez, sin velo.
– Juan: pero ¿por qué buscar lo que ya es nuestro, cómo ha de buscarse aquello que está en uno mismo? Mi instructor dice que se nos puede llegar a hacer confundir con esta sentencia como sucede cuando el buey almizclero busca el olor pensando que pertenece a otro buey, y es él mismo quien lo está despidiendo.
– Así nos comportamos, pero ¿acaso tú no buscaste de algún modo en esta vida a La Verdad?
– Sí, pero fue al principio, y La Verdad me halló a mí, en mi propio ser. Nunca me encontré con una entidad externa o celeste que me habló desde los cielos. Todo aquel que me habló, excepto mi guía en los principios, me habló en mi conciencia.
– Pero tú buscaste, y fuiste hallado. Te encontraste. El que busca, encuentra. La Verdad, que siempre ha estado en tu alma, aparece en tu conciencia cada vez más fuerte. No es que su potencia crezca, sino que el velo se va destejiendo, y sólo quedan hilos, que ya no pueden llegar a ocultar su esplendor. Ya no puedes negarla. Sabes que siempre estuvo allí. Pero tú debiste buscar su aparición. Llegaste a ese punto por evolución espiritual, pero también por esfuerzo. Pregunta a tu guía esto: ¿no es el esfuerzo tu forma de búsqueda? ¿No es esta tu fe, la que siempre te ha dicho: sigue, sigue aunque nada veas, porque que no veas no quiere decir que no esté en ti? Has escuchado al Señor gritar al hombre: «¿de dónde creéis que vendrá el Reino? ¿Vendrá del norte, o de aquel otro lugar acaso? El Reino de los Cielos está en ustedes y entre ustedes!». Si el hombre no tuviese que hallarlo en su corazón, estos Maestros no habrían venido a tu mundo. «¡ Golpea y se te abrirá, busca y hallarás, pide y recibirás, porque el Padre que está en los Cielos sabe qué es bueno para ti, y ya te lo ha concedido desde el principio de los tiempos!»
– Si Juan, así es. ¿Cómo hacemos entonces para que el hombre entienda que debe dejar de buscar fuera? ¿Cómo hacemos para que la mente no se nuble y busque sus propias respuestas en otros, respuestas que ya ha escrito el Padre en el alma?
– Se te enseñó por tu instructor que hay dos caminos para trascender: la sumisión y la auto-indagación. Las encarnaciones llegan más por el camino de la reflexión y el discernimiento a su iluminación, mas los reencarnados sinceros llegan por el sometimiento al guía que se les ha enviado para esto. Por lo tanto, son hallados, y
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luego buscan en principio La Verdad que se les muestra, para más tarde reconocer que lo que se les ha mostrado siempre ha estado en sí mismos, por siempre.
– Doy fe de que así es hermano mío. Comprendo plenamente tu Palabra, y siempre me pregunto si esto sirve de algo, si esta comprensión sirva quizá para que mis hermanos miren dentro de una vez y hallen lo que Dios ha puesto en su esencia. El hombre ha salido a explorar los planetas, se construyen naves o aparatos para mirar qué hay más allá, o hasta dónde llega el universo. El concepto del infinito ha sido definido en la mente, y los que la han explorado con suerte descubren los mecanismos de ella. Recuerdo que cuando más pequeño, un profesor me enseñaba cómo funcionaba el oído, me mostraba dibujos del oído externo, interno, cadenas de huesos, tímpano, líquidos, y receptores nerviosos. Siempre mi pregunta era. ¿Pero cómo oigo? Y él me decía molesto: ¡ya te lo he explicado! Estos mecanismos del cuerpo transmiten impulsos nerviosos a tu cerebro y escuchas!. Pero yo volvía a preguntar: sí, así escucho, pero no me ha dicho cómo oigo. La respuesta era siempre la misma, no había una explicación más profunda, pero gracias a Dios yo oía, y hasta oía en el silencio. Yo sé ahora cómo oigo, y sé que aunque no tuviese oídos, oiría. No sonidos, sino tu Palabra, la que siempre estuvo en mi conciencia.
– El hombre llega allí cuando su evolución así lo dicta. El buscador sincero es quien halla dentro; ha comprendido que fuera las respuestas apenas satisfacen la curiosidad de su mente, mas no la necesidad del alma de ser conocida. Tú has oído cómo el alma grita, y temiste tanto a esto desconocido, que pensabas que algo malo pasaba, que estabas enloqueciendo, o te creías poseído por algún espíritu maligno. Tu alma clamaba para que la mires, en ti mismo, y en todo lo que existe. Para buscar, hay que detenerse, y al detenerse, La Luz aparece poco a poco en nuestra conciencia. Háblale a las personas, para que hallen lo que el Señor les ha mostrado desde el principio de los siglos.
– Sea así Juan.
Miércoles, 24 de Mayo de 2000
Te pido en lo profundo que me guíes. Estando ya en la habitación interior que has dispuesto para enseñarme, frente a ti poco quiero hablar. Sólo quiero escucharte, e interrumpirte con mis preguntas es redundante, pues nada que no me hayas hecho conocer puedo yo preguntarte, mas esto es lo mandado: que yo te hable y tú me hables. Dicta las enseñanzas útiles a estos tiempos. Conocen la mayoría los preceptos, qué hacer, pero se inquietan pensando cómo. Es la respuesta de mi conciencia que el cómo aparece cuando empezamos a caminar y no antes, pero sé que tú conoces como se mueven las personas, así que ruego por vuestra piedad, para que viertas tu fraternal enseñanza a aquellos que se sienten perdidos en la obscuridad. Que La Luz sea a través de ti por todos nosotros. Amén.
– Juan: ¿qué puedo decir a las gentes que realmente les haga recordar quiénes son?
– Lo que les dices es lo que debes decirles. Condúcelos a través de sí mismos, hasta que sean ellos quienes comiencen a preguntarse quiénes son en Verdad.
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– Juan, cuando los conduzco por este camino, me hacen a mí las preguntas, antes que a sí mismos
– Esto es porque sienten La Verdad en ti, y les es más fácil buscar fuera que dentro
– ¿Cómo corto este mal hábito, y hago que desarrollen el buen hábito de la sincera reflexión?
– Muy de a poco: con mucho amor pero sin ceder. Cuando tú cedes, su ignorancia avanza. Nunca olvides que quien ha llegado a su tiempo, comenzará naturalmente a preguntarse lo que debe.
– Hay personas que me preguntan lo mismo decenas de veces de diferentes maneras. ¿Por qué esto es así?
– Porque quieren escuchar lo que desean y no lo que les dices. Saben que hablas con Verdad, pero al oído les resulta duro, pues está entumecido por escuchar sólo la voz de su mente. Las palabras que desean son complacientes, y La Palabra carece de cualidad. La Palabra Es. Esto no puede discutirse, y la mente se molesta. El hombre acostumbra opinar, somete a juicio todo lo que escucha, y no toma de buena gana La Verdad, porque es indiscutible. Sólo la fe busca La Verdad, como un niño busca a su madre cuando la necesita, sin cuestiones ni dudas, la busca y ya: no pregunta nada, no la examina; la necesita y la llama. Así se comporta aquel que tiene la fe en sí. Éste tal no te examinará, no cuestionará lo que oye de tu boca cuando te ha llamado, porque lo que le das de tu boca es alimento puro.
– Juan, al conocer yo a mi instructor lo cuestionaba. ¿Dónde estaba mi fe entonces?
– Hermano: cuando él te dijo «te estaba esperando» tú ya no tenías dudas de que habías llegado a casa. Tu mente se encargó de agregar la duda, pero la agregaba a La Verdad que ya sentías. Y tú bien sabes que nada puede ser agregado a la Verdad, porque sería ilusorio. Lo que Es, Es, y nada necesita más que a sí. Las dudas que ponía tu mente a La Palabra dicha, sólo pretendían retrasarte, mas tu suerte estaba escrita. Sólo el tiempo te separaba de la Verdad, y el tiempo pertenece a la realidad de tu mundo, más no a La Verdad. Mientras la realidad transcurre, La Verdad Es, y Es Eterna. Por lo tanto, jamás has estado separado de La Verdad, mas que en tu mente humana.
– ¿La eternidad no es una cualidad de la Verdad?
– La Eternidad Es, y todo lo que Es, Es la Verdad. Son palabras que muestran lo mismo, a Aquel.
– ¿Puede entender el hombre entonces lo que es La Verdad?
– Puede percibirla, sentirla. La Verdad no puede ser entendida. La mente entiende, pero es con límite. Cuando La Verdad se descubre en lo profundo de la conciencia, es percibida, sentida y vivida. El hombre siente a La Verdad cuando su evolución ha llegado a ese punto.
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– Pero si decimos esto Juan, nos toparemos con aquellos perezosos que dirán: ¿para qué esforzarme entonces si total llegará el momento de mi evolución espiritual en que La Verdad por sí sola se me revelará?
– Aquel que piensa así, lejos está de que La Verdad le sea revelada, mas esto corresponde al terreno de la ley del Libre Albedrío de la que hemos hablado. Sabes que tal hombre retrasa neciamente su camino hacia su propia iluminación.
– ¿Recibe un castigo por esto?
– Él está decretando su propio castigo. Es su juez y verdugo.
– Juan: algo práctico falla aquí, pues son pocos los que quieren sentir La Verdad, y menos aún los que luchan por descubrirle en su corazón, así que algo no anda bien.
– Es esta era hermano mío, obscura, necia, abandonada a los sentidos. La humanidad de este mundo está atravesando los siglos de la era de la obscuridad.
– ¿Puedo preguntar si ya está dictado el tiempo físico que tardará en atravesarla?
– Hermano amado: si me decías que el hombre juega con que inexorablemente La Verdad le será revelada tarde o temprano, y que se recuesta a esperar que le llegue sin caminar hacia Ella ¿qué beneficio tendría decirle esto, más que agregársele una carga al serle revelado este tiempo? Si le dices por ejemplo en 5.000 o 150.000 años terrestres, hasta es capaz de echarse cómodamente a esperar que lleguen, y se alegrarían engañándose diciendo: qué bueno, al menos sé que en 150.000 años trascenderé! Aquí tienes otro ejemplo de aquella enseñanza que debe aplicarse: el que busca encuentra. Si no le decimos al hombre que busque el Reino en su alma, se quedará echado durmiendo, y el fruto en tierra, se llenará de gusanos, y no conocerá jamás al Dueño del Huerto. Debe ser dicho que quien busque encontrará, que a quien golpee se le abrirá, y tú y los que han sentido en Verdad esta enseñanza, deberán evitar que la mente del hombre la malentienda y use para conveniencia del seductor de este mundo. Esta gran tarea deberán realizar en favor de la humanidad de esta época, ya lo sabéis.
– Que La Verdad nos Sople por siempre entonces, para realizar lo dictado. A tus pies me postro, hermano mío.

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