XVIII DRONA Y EKALAVYA

XVIII DRONA Y EKALAVYA

Un día se le acercó a Drona un muchacho de piel oscura. El maestro acharya en ese
momento se encontraba solo y’ cuando el muchacho llegó a su lado, se le postró a los pies y le
dijo:
-Mi señor, he venido para que me enseñes a usar el arco. Por favor, acéptame como tu
discípulo.
A Drona le gustaron sus modales y mirándole tiernamente le dijo:
¿Quién eres tú?
El joven respondió:
-Yo soy Ekalavya, hijo de Hiranyadhanus, el rey de los Nishadas.
Al oír esto Drona se dio cuenta de que no podría aceptar-lo como discípulo porque no
era un kshatrya y le dijo:
-Hijo mío, no puedo aceptarte como mi discípulo, pues tengo la responsabilidad de
entrenar a estos príncipes kshatryas, y tu Ekalavya, siendo un nishada, no puedes unirte a
ellos. Me gustaría aceptarte.
Decepcionado y con el corazón roto el joven nishada, se fue de vuelta al bosque del que
vino. No guardaba ningún resentimiento contra Drona, pero sí se sentía infeliz.
Una vez de vuelta en el bosque hizo con barro una figura representando a Drona, le dio
forma con sus propias manos. Y a partir de entonces aquella imagen era para él su guru.
Diariamente la adoraba y luego comenzaba sus prácticas con el arco. En poco tiempo se dio
cuenta que estaba haciendo grandes progresos y ganando habilidad en el uso del arco. Este es
el magnetismo del deseo; absorbe para sí todos los pensamientos concientes e inconcientes de
la persona, y en consecuencia, todas sus acciones no son más que los ecos de la voz de su
deseo. Y esto fue lo que ocurrió con Ekalavya; su amor por el arco y su amor por su guru, le
hacían pensar continuamente en aprender a usar el arco y en nada más. Quería dominar este
arte y muy pronto llegó a ser un gran experto.
Una vez, los príncipes Kurus y los Pandavas fueron de excursión al bosque. Los
Pandavas se habían llevado a un perro con ellos. Este perro vagando se había introducido en
el corazón del bosque. Y de repente vio a un hombre extraño que estaba vestido con piel de
leopardo y que caminaba como un leopardo. Al verle, el perro pensó que era un animal salvaje,
y comenzó a ladrar furiosamente. Este hombre, que no era otro que Ekalavya, el nishada,
no pudo resistir la tentación de cerrar la boca del perro con sus flechas.
El largo hocico del perro fue cubierto con flechas. Había entrelazado siete flechas como
un habilidoso tejedor, de forma que el perro no podía abrir la boca. El animal huyó corriendo
de aquel lugar y llegó al campamento de los Panda-vas. A todos les asombró la forma en que
habían sellado su hocico. Drona y sus discípulos quedaron maravillados de la habilidad de
aquel arquero desconocido que había hecho una obra de arte con sus flechas. Varios de ellos
fueron en busca del extraño y finalmente le encontraron.
Le preguntaron quién era y él dijo:
-Soy Ekalavya, soy el hijo de Hiranyadanus, el rey de los Nishadas.
Cuando el preguntaron cómo había podido realizar tales maravillas con su arco y sus
flechas, Ekalavya sonrió orgullosa-mente y dijo:
-Es porque soy un discípulo del gran Drona.
Todos volvieron al campamento y le contaron aquello a Drona.
A Arjuna, el favorito de Drona, no le gustó aquello en absoluto. Se dirigió a su acharya
y le dijo:
-Me habías prometido que me harías el mejor arquero del mundo. Pero ahora parece que
le has hecho la misma promesa a otro. De hecho él es ya el mejor arquero del mundo.
Drona fue junto con Arjuna a ver a Ekalavya, de quien ya no se acordaba en lo más
mínimo. Allí le encontró vestido con una piel de leopardo, estaba de pie con su arco y las
flechas en sus manos. Ekalavya vio a su guru y se apresuró a ir hacia él postrándose a sus
pies. Sus lágrimas lavaron los pies de su amado guru. Drona estaba encantado con él y le
preguntó cuándo se había convertido en su discípulo.
Ekalavya estaba muy feliz de poder contarle toda su historia. Era tan inocente y franco
que Drona no pudo evitar sentir amor por él. Ekalavya ni siquiera parecía darse cuenta de que
era un gran arquero.
Drona reflexionó en silencio durante unos momentos y luego de muy mala gana le dijo:
-Tú proclamas ser mi discípulo, así que lo justo es que te pida una dakshina.
– ¡Por supuesto! -dijo Ekalavya-. Me sentiré honrado si me pides algo.
Drona vio la implacable mirada que había en el rostro de Arjuna y le dijo:
-Quiero tu pulgar; el pulgar de tu mano derecha.
Ni un suspiro salió de los labios de Ekalavya. Sonrió y dijo:
-Me siento feliz de darte este dakshina a cambio del arte que aprendí de ti, aquí está. –
Sacó de su aljaba una flecha en forma de luna menguante y cortándose el pulgar de su mano
derecha, depositó el dedo sangrante a los pies de su amado guru.
Drona lo aceptó y Arjuna se sintió feliz. No había nada más que hacer ni que decir, con
eso concluía todo. Ekalavya se postró a los pies de su guru haciéndole una salutación y se
despidió de él. Drona y Arjuna echaron a andar silenciosa-mente regresando al campamento.

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