VI – UTTARAYANA

UTTARAYANA

Yudhistira no tenía paz en su mente. Había conquistado a sus enemigos y había conquistado también el reino de Hastinapura, quitándola de las manos pecadoras de Duryodhana. Pero él carecía de deseos para gobernar este reino. Se hallaba profundamente deprimido.
Odiaba el pensamiento que le recordaba constantemente que todos sus primos y los más grandes Reyes de la Tierra habían sido muertos en esa terrible contienda. Sintió que no debía haber permitido que ello ocurriera. “Es por mí, por mi amor al poder, por mi Raja-Lobha, que ocurrió todo esto”, se repetía una y otra vez. Krishna trató de confortarlo. Él hablaba palabras de sabiduría y así le dijo: “Hijo Mío, fue el destino, no tú, el responsable de todo lo sucedido. Los hijos de Dhritarashtra debían morir porque el Adharma era parte de ellos.
Recuerda todo lo que ellos hicieron. Recuerda el incidente en el cual mi hermana Draupadi fue arrastrada de sus cabellos hasta la corte.
¿No hierve tu sangre recordando todo esto? Por ese sólo pecado ellos encontraron la muerte; por lo tanto, no te apesadumbres, mi Señor, no
hay culpa alguna en ti. Ellos se sintieron arrastrados por los gérmenes de la destrucción que florecían dentro de sí mismos. Por favor, aleja esa tristeza y llena de felicidad a tus hermanos y a Draupadi. Permite que yo vea a los cinco Pandavas gozosos en su reino de Hastinapura, el cual por derecho espiritual les pertenece. Yo, Krishna, te digo que el único propósito de Mi vida fue el de establecer a los Pandavas en el trono de  Hastinapura. Por lo tanto, ahora que los he ayudado a realizar esto, recompénsame permitiéndome que los vea felices a todos ustedes”.
Vyasa y Nârada dijeron las mismas palabras que Krishna, pero inútilmente. Lo que más mortificaba a Yudhistira era la muerte de su hermano Radheya. Día y noche él se sentía entristecido por ello, y así toda la familia se sintió llena de tristeza por el dolor de su Rey.
Cierto día, mientras se hallaban reunidos todos ellos, Krishna súbitamente se hizo presente. Yudhistira preguntó entonces a su Maestro por qué se hallaba pensativo, y Krishna le dijo: “Bhishma, quien se encuentra en su lecho de flechas está pensando en Mí, y desea que vaya a su lado. Yudhistira, él morirá pronto, y con la muerte de Bhishma, la totalidad de la sabiduría acopiada durante muchos años también se marchará. Te aconsejo pues, que vayas hasta él y le pidas instrucciones sobre el arte de conducir el mundo como un Soberano y te prepare para esa tarea tan dificultosa que tendrás que realizar en el futuro. Uttarayana se aproxima rápidamente, de manera que debes apresurarte”. Uttarayana es el camino del Sol hacia el Norte. Se cree que aquellas almas que abandonan su cuerpo físico durante este período del año ya no vuelven a caer en el ciclo de nacimientos y muertes.
A la mañana siguiente todos ellos fueron al Campo de Kurukshetra, donde el más grande de los Kurus se hallaba yaciente y esperando por su muerte. Él lucía como un Dios caído. Todos los Pandavas, con sus manos unidas fueron a su lado y lo rodearon amorosamente. Las lágrimas fluían de modo incesante de los ojos de Yudhistira. Se acercó así a su abuelo y le dijo: “Aquí está el gran pecador, Yudhistira, que es la causa de tu muerte, y así también la causa de la muerte de todos tus nietos. No sé en qué infierno iré yo a caer”. El anciano acarició la cabeza de su nieto con sus dedos nudosos y lo confortó. Convenció al entristecido Rey acerca de lo inevitable de la guerra, y así le dijo: “Hijo mío, tú no me has dado muerte, me has garantizado la liberación de las ataduras que se llaman ‘vida’. Hace ya mucho tiempo que prometí a mi madre Satyavati que no moriría hasta que el trono de los Kurus se hallara firmemente establecido sobre la Tierra. Gracia a ti he sido capaz de cumplir mi promesa y te estoy agradecido por ello. Hijo mío, ¡si supieras cuán cansado me encuentro de vivir! En cuanto a tu tristeza, por favor dilúyela, apártala de ti. Ella
es indigna de ti, puesto que tú eres un Rey, y un Rey no puede permitirse poseer esos sentimientos. Él pertenece a su pueblo, y toda su preocupación debe hallarse en el bienestar de ese pueblo y nada más”.
Krishna dijo: “Hemos tratado de confortarlo, mi Señor, y hemos fracasado, ni siquiera Nârada pudo quitarle la tristeza, y el mismo Vyasa fue incapaz de convencerlo que su dolor era innecesario. Así pues, sólo le resta que tú le hables, y esperamos que tengas éxito allí donde todos los demás hemos fracasado”.

Los ojos de Bhishma se humedecieron, y así dijo: “Me siento desdichado, hijos míos, al escuchar sobre la tristeza que les abate.
Ustedes sufrieron mucho desde el momento de nacer, porque vuestra madre tuvo que soportar infinito dolor y angustia luego de la muerte
de Pandu, dejándola sola para que criara a sus cinco hijos. Como nubes sacudidas aquí y allá por el viento caprichoso, todos ustedes fueron juguetes del Destino. De otra manera, ¿cómo puede uno explicar el hecho de que el hijo del Dharma, con sus poderosos hermanos para ayudarlo, no pudo gobernar su reino todos estos años?
Los caminos del Destino son inescrutables, nosotros no los conocemos, pero hay Alguien que sí los conoce, y Él es el Señor Krishna. Él sabía todo esto desde hace muchísimo tiempo. Este hijo de Vasudeva, este Yadhava, que consideramos un primo, y un hermano, y un mentor y un embajador, ¡qué digo!, y aún nuestro auriga, no es otro que el Señor Narayana. Muy pocos conocen la Gloria de nuestro Krishna. Uno es el Sabio Nârada y el otro es Kapila”. “Y fue este Krishna quien permitió que todas estas cosas sucedieran. ¿Pueden ahora ustedes dudar de sus rectas acciones? Él es el mismo Ishwara, Dios. Él no se encuentra encadenado a deseo alguno, Él no odia ni ama, no tiene ego ni emociones como nosotros.
Y siendo superior a todos, puso sobre Él la tarea de protegerlos y guiarlos en esta gran guerra. ¿Por qué Él hizo esto? Es porque Él se sintió conmovido por una sola cosa, y esto es: Bhakti. Ustedes, los Pandavas, siempre han tenido devoción infinita por Krishna.
Obsérvenme a mí. Estoy en mi lecho de muerte y todos mis pensamientos están con Krishna. Él supo esto, y así vino para otorgarme mi deseo, el de estar con Él. Él se halla comprometido con Sus devotos, y así, lo único que lo puede atar es el sacratísimo cordón de la devoción”.
Krishna intervino y le dijo: “Bhishma, permíteme que te pida un favor”.
“Ordéneme Señor”, dijo Bhishma con sus palmas unidas. Krishna tomó sus manos y le dijo: “Bhishma, tú eres hijo de la Madre Ganga-Ji. Ella deseaba que tú seas un Rey ideal y así te hizo aprender todos los Sastras, el arte de gobernar, el Raja-Dharma o deber de los Reyes, y todos los otros innumerables Dharmas a través de divinos preceptores como Sukra y Brihaspati. Ahora tú te encuentras impaciente por marcharte. Antes de
ello, ¿puedes enseñar a tu nieto, a este Yudhistira, las reglas necesarias para gobernar Hastinapura? Por favor enséñale todo lo que sabes, él es
el único digno de semejante herencia, de ese conocimiento tuyo. Toda tu sabiduría no debe ir contigo nuevamente al Cielo donde lo adquiriste”.
“Que así sea”, dijo Bhishma. Y durante cincuenta y cuatro días él enseñó a Yudhistira todo lo que él había aprendido junto a sus grandes Maestros.
Uttarayana, el día por el cual Bhishma había estado esperando a veces paciente y otras veces impacientemente, llegó por fin. Bhishma se preparaba para abandonar su cuerpo físico. Bhishma, quien había guiado al ejército de los Kuravas por diez días, quien había caído en su lecho de flechas en el atardecer del día décimo, quien rehusó llegar al Cielo ese mismo día, puesto que ese momento era Dakshinayana o el camino del sol hacia el sur.
Se dice que habrá un próximo renacimiento sobre la Tierra para aquel que abandona su cuerpo durante el Dakshinayana. Bhishma, quien era
el principal de los hijos de la raza de los Pauravas, estaba ahora preparado para regresar al Cielo. Observó a Krishna y le dijo: “Mi Señor, se dice que alguien que cierra sus ojos y contempla la Forma del Señor en su mente un segundo antes de dejar su cuerpo físico es afortunado, pero yo tuve la mayor fortuna de tener al Señor Mismo junto a mí, ¿puede haber algo más glorioso que esto?”
Bhishma pidió flores y adoró con ellas a Krishna. Permaneció silencioso. Sus pensamientos iban hacia el Señor Krishna en el último instante, y, con un suspiro, como el de un viajero cansado de su jornada, abandonó su cuerpo y Bhishma se tornó así nuevamente uno de los felices habitantes del Cielo.

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