V – EL FINAL QUE FUE EL COMIENZO

Kurukshetra

Era el último día de la gran batalla de Kurukshetra o la gran batalla entre los dos grupos rivales: los Pandavas y los Kuravas. Los cinco príncipes Pandavas (Yudhistira, Arjuna, Bhima, Nakula y Sahadeva) eran guiados en todo momento por el Señor Krishna Mismo. Así, ellos son el símbolo de la Rectitud y al Amor a Dios. Por otra parte, los Kuravas, encabezados por Duryodhana, representan el error, la soberbia y el olvido de Dios. El sol se había puesto hacía ya tiempo. Cerca de Samanta Pañchaka reposaba el monarca de los Kuravas, Duryodhana, con sus muslos rotos por la maza de Bhima. Él se hallaba agonizando. Vino luego Ashwattama, el hijo de Drona. Su odio no tenía límites cuando vio cómo, el Rey había sido herido. Y así, Ashwattama hizo la promesa que vengaría la muerte de su Rey destruyendo a todos los Pandavas.
El ejército total de los Kuravas había sido aniquilado. Sólo tres permanecían vivos, exceptuando el Rey moribundo. Ellos eran Kripa, Kritavarma, el hijo de Hardika, y también Ashwattama. Esa noche, cuando todos reposaban, Ashwattama se apresuró a marchar al campo de los Pandavas. No los encontró, pero halló a los cinco hijos de dichos Pandavas, que se hallaban durmiendo. Drishtadyumna y sus hermanos también se hallaban en el campo. El colérico brahmín mató a todos ellos, a los cinco hijos de Draupadi y a todos sus hermanos. Y luego aún más, prendió fuego al campamento y salió en rápida huida.
El Rey, al ser informado de cuanto aconteciera, no se sintió feliz. La acción de sus amigos era demasiado diabólica.
Temprano en la mañana, las noticias llegaron a oídos de los Pandavas. Draupadi no podía salir de su dolor. En una noche ella había perdido a sus hijos y sus hermanos. Pudo observar sus formas yacientes, de modo que con gritos de dolor lamentó sus muertes.
Viendo su rostro arrasado en lágrimas y sus angustias, Arjuna trató de confortarla, y así le dijo: “Reina mía, yo te traeré la cabeza de ese
pecador y la dejaré yaciendo a tus pies. Él no será capaz de escapar de las flechas de mi arco Gandhiva. Lo iré a buscar y lo mataré”. Arjuna,
apresuradamente marchó con su carruaje y Krishna una vez más fue su auriga. Ellos vieron a Ashwattama huyendo rápidamente para escapar
de Arjuna. Observando la mirada colérica del Pandava, el hijo de Drona trató de correr tan rápido como pudo, pero Arjuna era como una furia convertida en venganza, y Ashwattama no pudo hacer nada.
Sus caballos no eran lo suficientemente veloces como para llevarlo lejos del lugar.
Con dolor, pensó salvar su vida utilizando el gran astra llamado Brahmasirsha. Tocó el agua y luego de invocar al astra, dijo estas palabras: “Permitamos que el mundo se encuentre sin Pandavas”. Y envió la flecha de su arco contra Arjuna.
El cielo se iluminó con el enceguecedor brillo del astra. El temor se apoderó de Arjuna, y así dijo a su Maestro y amigo: “¡Oh Krishna, Krishna!, ¿qué es esto que ocurre? ¿Por qué siento arder mi cuerpo?
Siento también como si un terrible fuego me atravesara y no sé si puedo encontrar un camino para escapar de ello. Por favor, dime lo que debo hacer”.
Entonces, Krishna respondió: “Arjuna, el hijo de tu Guru ha sido instruido para lanzar el arma Brahmasirsha hasta ti. No te sientas temeroso, yo se que Drona te enseñó también a ti cuán terrible es el mismo y ha revelado exactamente lo mismo a su propio hijo. Pero Ashvattama, evidentemente no conoce las consecuencias de esta equívoca acción. Aparentemente desea destruir el mundo entero.
Eleva tu mente, Arjuna, e invoca al mismo astra. Esa es la única manera que tienes para destruir la furia del fuego que se aproxima”.
Arjuna saludó a la Deidad presidente del astra y la invocó. Cuando las dos armas divinas se aproximaron una a la otra parecía que se acercaba el fin del mundo. Los Rishis del Cielo se apresuraron para llegar al lugar donde esto acontecía y dijeron: “Arjuna y Ashvattama, recojan vuestros astras, pues de otro modo, el mundo será destruido”.
Así, los dos fuegos no pudieron encontrarse y se evitó la calamidad.
Arjuna obedeció inmediatamente a la voz del Cielo y recogió su astra, pero Ashvattama no lo hizo. Cuando aprendió la invocación de su padre, había sido prevenido sobre el peligroso poder de éste, pero sin importarle el recuerdo de las advertencias, envió el astra contra Arjuna. Los pecados que había cometido le quitaron su pureza y su luminosidad brahmánica, de modo que se hallaba indefenso contra su propio astra. Para que éste no lo consumiera, lo dirigió hacia los niños aún no nacidos de los Pandavas, pensando que así haría del mundo un lugar libre de Pandavas.
Luego de retirar el astra, Arjuna corrió hacia Ashvattama, lo ató con una soga y lo arrastró como si se tratara de una vaca preparada para el sacrificio. Los ojos de Krishna-Ji, eran como dos llamas de fuego, y dijo: “Este hombre cometió el más grande de los pecados, asesinando a niños mientras se hallaban dormidos. No tengas misericordia de él, debes matarlo sin escrúpulo alguno. Ni siquiera debo recordarte las reglas de la lucha. Un hombre bien versado en ellas no debe matar a un enemigo que se encuentra ebrio; que se halla indiferente sobre su salvación, debido a su estado; que ha perdido su genio, su poder; que no está tratando de luchar; que se encuentra dormido; que se arrojó a los pies pidiendo misericordia; quien se encuentra inerme y temeroso. Pero, un pecador que se salva a sí mismo matando sin piedad a miles de personas inocentes, debe ser castigado. Arjuna, ¿te has olvidado tan pronto de tu promesa? Yo escuché cuando decías a Draupadi ‘pondré a tus pies la cabeza del
hombre que mató a tus hijos’. Juraste hacerlo, ¿por qué te demoras en ello? Mata a ese hombre”. Pero Arjuna no iba a hacerlo. A pesar de este gran acto criminal, recordó que Ashvattama había sido su compañero en la niñez, y que era el hijo de su Guru. Drona había amado a Arjuna mucho más de lo que amara a su propio hijo Ashvattama. Y así, el compasivo Arjuna se encontraba sin voluntad para matar al hijo de su Guru, puesto que era como otro hermano para él. Lo llevó pues, ante la presencia de Draupadi y de los otros Pandavas diciendo: “Observa reina mía, observa a este pecador que está delante de ti. Baja su mirada, no se atreve a mirar tu rostro, dime qué debo hacer con él”.
El dolor de Draupadi, que había perdido a sus hijos se encontraba fresco en su mente, y también el hecho de que fuera Ashvattama quien les diera muerte. Pero su odio había sido abatido, y así, se llenó de compasión por ese pecador y dijo: “Arjuna, libéralo de sus ataduras.
No puedo soportar al hijo de tu Guru atado como lo traes. Drona fue el Guru que te enseñó arquería, y su hijo es como un hermano para ti.
La beata Kripi no se unió con su esposo en la pira funeraria porque su hijo todavía vivía, de modo que si tú lo matas padecerá la pena de perder su único vástago. No quiero que ella sufra lo que estoy sufriendo yo. Déjalo ir. Por favor, libera a Ashvattama”.
Yudhistira, Arjuna y también Nakula y Sahadeva, se sintieron felices con las palabras de la reina. El único que permanecía con todo su odio en el interior era Bhima. Él quería matarlo. Krishna sonrió y dijo: “Arjuna, te encuentras en un dilema, pues, o bien decepcionas a Draupadi y a los otros matando a Ashvattama, o bien, te verás ante la ira de tu querido hermano Bhima dejando libre a este pecador. Haz lo que consideres justo en estas circunstancias. Fíjate cómo puedes dejar satisfechos a todos ellos”.
Arjuna los observó a todos. Krishna permanecía allí con sus brazos cruzados sobre el pecho, y una inescrutable expresión en Su rostro.
Yudhistira y los otros parecían tristes y plenos de desazón. Bhima observó con enojo al prisionero. Después de un largo instante, Arjuna comprendió lo que Krishna estaba tratando de decirle. Sacó su espada entonces y quitó de la frente de Ashvattama la joya que llevaba en su frente, formando parte de su cuerpo, una joya con poderes sobrenaturales. Ella lo protegía del temor a los enemigos, de la enfermedad, el hambre y la sed, como así también de los espíritus malévolos. Era el objeto más apreciado por Ashvattama sobre la Tierra. Al perderla, perdió toda su fortuna.
Desnudo, sin el brillo de su más grande tesoro, sin el esplendor de esa joya que había sido parte de él, carente de su luminosidad brahmánica, impuro por su infanticidio, Ashvattama quedóse allí, en medio de todos. Arjuna quitó las sogas que lo mantenían prisionero y le dijo: “Ahora puedes irte”. Cortar el cabello, hurtar los bienes que le pertenecen y ordenarle que se vaya de nuestra presencia, cada una de estas tres acciones son por sí mismas como dar muerte a un brahmín, y Arjuna había hecho las tres. Así pues, para Ashvattama, quien estaba orgulloso por los honores que se le rendían por ser brahmín, esta desconsideración hecha por Arjuna era peor que la muerte.
Con los ojos bajos, abandonó el lugar, se alejó de la presencia de los Pandavas y se marchó con profunda tristeza.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *