IV – BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Narayana

“Los Sabios se marcharon y quedé solo. Yo tenía una madre, como ya te lo dijera. Era una sirvienta, era ignorante, y por lo tanto, inmensamente apegada a mí, su único hijo. Sabía cuán torpe era que ella se apegara de ese modo a un cuerpo efímero, pero no me era posible abandonarla. Así pues, estuve con ella en el Ashram donde trabajaba, esperando siempre por la Gracia de Dios. El mundo, amigo mío, se halla bajo la influencia del Señor y sus caminos son inescrutables. Vemos lo que pasa, pero no tenemos la menor idea del hecho de que algo más es responsable por todo cuanto sucede en este mundo”.
“La acción del Hombre es como la de un títere. El títere cree que se mueve de acuerdo a su propia voluntad, pero esto no es así. Él es movido por las cuerdas que lo levantan y lo bajan constantemente y la cuerda está movida a su vez por alguien supremamente experto e invisible para nuestros pobres ojos mortales”.
“Cierta noche, mi madre fue hasta unos establos a ordeñar las vacas que pertenecían al Ashram. Era el crepúsculo, y aún esa pequeña luz se fue disipando con toda rapidez. Mi desdichada madre fue mordida por una serpiente que se hallaba a su paso y murió súbitamente. De modo extraño, no me sentí desdichado por este acontecimiento, puesto que sabía que era la acción de Dios: sabía que Él había ideado todo esto, y que de este modo, mi dulce madre –tan apegada a mí– y yo mismo, podíamos obtener nuestra libertad; ella, de su gran apego a mí, y yo, a mi vez, seguir mi propio destino. Mi madre para mí, y yo para mi madre, era un bandha o atadura y me encontraba ahora libre de ello. Abandoné pues el Ashram y seguí mi camino hacia el norte. Viajé a través de innumerables países, bosques y selvas, crucé ríos maravillosos. Los campos se hallaban todos en flor y los árboles con sus ramas que recordaban el paso de los elefantes salvajes.
Vi montañas brillando con sus tonos dorados y plateados por lo minerales escondidos en sus entrañas. Vi lagos y escuché el maravilloso sonido de las abejas que zumbaban sobre las flores todo el tiempo. Crucé también un bosque de bambú y escuché el ulular de los búhos y el grito de los animales salvajes, de los chacales y de los tigres”.
“Me sentía cansado y mis miembros se hallaban excesivamente fatigados. Mi garganta estaba seca y yo me hallaba con hambre. Así, fui cerca del río, me lavé y tomé el agua que necesitaba, y el agua era dulce y fresca. Me senté entonces bajo un inmenso árbol pipal y tomando la postura que los sabios me habían enseñado, concentré mi mente en la Forma del Señor que ellos me habían descripto. Sí, me senté allí y quedé absorto en meditación”.
“Con los ojos de mi mente vi la Forma de Narayana que con toda suavidad conformaba Su imagen para mí. Lo vi a Él y mi cuerpo se estremeció en éxtasis. Las lágrimas fluían incesantemente y todo mi ser se hallaba florecido de bienaventuranza. Luego de un momento, la Forma de Narayana se desvaneció: ya no estaba más. Me sentí caído en la más grande de todas las desazones y me levanté entonces de mi lugar de meditación. Luego, traté nuevamente de sentarme y meditar, pero el poder de concentración no estaba en mí. La Forma del Señor no regresaba a mi mente. Creí que esto terminaría volviéndome demente”.
“Súbitamente escuché una Voz que me hablaba. Esa Voz me nombraba y sus palabras eran amorosas, confortables y bellas. Y así me dijo: ‘Hijo mío, tú no puedes verme ahora, en este nacimiento. A menos que te deshagas de esa forma material nacida del deseo, no puedes percibirme. Esta visión momentánea de Mi Forma era para asegurarte que llegarás a Mí al final de tu sendero. Después de verme una vez, ningún hombre puede pensar en nada más, o tener nada más en el país de su mente. Aún a edad muy temprana, tú, por asociación con los sabios, aprendiste a amarme, a Mí y sólo a Mí. Tu amor por Mí, desvaneció todas las otras formas de amor de tu mente. Abandona pues ese cuerpo tuyo en su debido momento, y cuando lo hagas regresa a Mí. Tú siempre te encontrarás a Mi lado. Ese amor que tú tienes por Mí no decaerá ni siquiera luego del Pralaya, pues tú mismo eres muy amado por Mí’. La Voz Divina dejó de ser escuchada y desapareció en el espacio”.
“Luego de esto, pasé todo mi tiempo contando las Glorias de Narayana e iba de ciudad en ciudad haciéndolo. No tenía ya ningún deseo y me hallaba contento con lo que la vida me daba. Esperaba el momento en el cual pudiera abandonar la forma humana que me mantenía preso de la esclavitud de Mâyâ”.
“Los días pasaron, y con ellos, los años, muchos de ellos. En le curso del tiempo, el Señor Yama, el Dios de la Muerte, llegó hasta mí.
Fue como un rayo, como un relámpago, como una guirnalda de luz, y ese cuerpo hecho de elementos cayó sobre la tierra que lo había generado. Entonces viajé a través de los océanos donde Narayana se hallaba dormido, y al verlo, mi corazón enamorado ingresó en Brahmâ, junto con su aliento. Después de pasados cuatro Yugas o edades del mundo. Los Yugas son 4 en numero, Krita Yuga, Treta Yuga, Dvapara Yuga y Kali Yuga, cuando Brahmâ comenzó a crear el Universo, nací como su hijo, junto con Marichi y los otros. Por la Gracia del Señor viajé por todo el Universo cantando Sus Glorias, los Devas me dieron esta vina que se llama Mahati, y con ella acompañé mis cantos y así viajo constantemente esparciendo esta lección de amor al Señor”.

Libros sagrados de la India explicados por Lakshahara
“Cuando canto, la Forma de Narayana llena mi mente. Lo veo de modo constante y me siento siempre feliz”.
“Pemíteme repetir lo que ya te dije antes. El Karma-Yoga, que tú enseñaste en el Mahabharata, el Jñana-Yoga que enseñaste en los Upanishads y el Karma-Kandha que describiste en los Vedas, todo ello, sin amor, no puede otorgar al Hombre la paz y la Serenidad que Bhakti-Yoga le confiere. Así, querido amigo, deja que tu próxima obra sea la nave que salve a los Hombres caídos en el océano del dolor, de la frustración y la  desesperación y los lleve nuevamente a los brazos de Su Padre”.
Nârada se fue, y Vyasa quedó solo. Mucho después que este sabio hubiera partido, se podía escuchar todavía el canto dulcísimo de su vina; el gran poeta se sentó por un instante recordando las sabias palabras de Nârada.
Vyasa cerró los ojos y se sumió en un trance profundo. Vio con la visión de su mente los grandes eventos del pasado; vio a Narayana descansando sobre Ananta, vio el comienzo de la Creación, el Virat-Purusha o cuerpo cósmico de Dios y el inmensísimo loto del cual naciera el Señor, símbolo
este de la absoluta Perfección. Pudo contemplar también el nacimiento de los mundos. Vio el Vibhuti del Señor, y lo que ocurría en cada Kalpa. Vyasa entonces, compuso el gran Bhagavata Purana, y lo entregó a su hijo Suka, y Suka lo propagó al mundo entero para beneficio de todos los Hombres.

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