Sobre la fe

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Cierta vez, el instructor me guiaba en el sendero del Karma Yoga, esto es, el sendero de la acción desinteresada (puedes ver más de este camino yendo a la sección Libros Sagrados, y mirando el Baghavad Gita). Yo era un adolescente, y ya tenía bien aprendido que ese ser era mi maestro. Aunque no sabía muchas cosas de él, esto no me importaba, pues me había llegado a demostrar cotidianamente que era alguien en quien podía confiar totalmente.

Si bien leíamos el Gita y otros textos, el elegía nutrirme más con enseñanzas cotidianas que con lecturas. En aquella ocasión me dijo que podíamos poner en práctica lo del sendero de la acción desinteresada, realizando por ejemplo un trabajo que me demandase esfuerzo, sin recibir nada a cambio, sólo realizando la acción correcta. Lo acepté de buen grado. La labor en sí demandaba tiempo: se trataba de proveer a una casa grande de un portero eléctrico, para lo cual había que cavar una zanja en la tierra por donde fuese el cable del portero, realizar las conexiones, e introducir en una columna de ladrillos el aparato con el timbre. Cavamos la zanja de un largo de 30 metros, realicé las conexiones, y al segundo día me dediqué a carcomer el pilote de la calle donde introduciría el aparato de portero. Yo no tenía mucha fuerza física, ni experiencia. Realmente estaba agotado, pero aquella columna me estaba costando horrores. Con un martillo y dos cinceles, yo golpeaba y golpeaba los ladrillos para hacer un perfecto cuadrado lo suficientemente hondo para que el portero eléctrico quedase alojado. Los cinceles perdían su filo, y mi maestro me decía: “recuerda que cuando los notes sin filo me los debes dar a mí para que yo los afile en el fondo de la casa, y así no derrochas esfuerzo en vano”. Cada media hora yo se los entregaba, y él luego de unos minutos me los devolvía, volviendo yo a los martillazos, contento porque el cincel tenía su nuevo filo, y esto hacía que la piedra se cortase con gran facilidad. Al cabo de unas 4 horas terminé la tarea, con los brazos adoloridos y las manos ampolladas, pero el trabajo estaba bien hecho, y funcionaba. Ya las personas de aquella casa contaban con el portero, y no debían caminar los 30 metros para abrir la puerta (muchos de ellos eran ancianos). Al concluir me dijo: “has trabajado muy bien, con alegría, y sabiendo que no recibirías nada a cambio. Eso es Karma – Yoga”. Yo le dije: ” sí he recibido, aunque sin esperarlo, la recompensa de sentir alegría por haber trabajado con mis manos para otros”. Se sonrió, caminamos conversando de muchas cosas, y el tiempo pasó.

  Al cabo de unos meses, frente a otros alumnos sentados en una mesa, había que conversar sobre la fe. Todos exponían lo que sentían que era la fe, lo difícil que era ponerla en práctica, se hablaba de la enseñanza de Jesús sobre la fe del tamaño de un grano de mostaza, y otras cosas. Cuando todos expusimos y charlamos, el maestro nos dijo: “les mostraré qué es la fe y como obra: hace unas semanas él y yo (y me señaló) realizamos un trabajo en una casa…” Les detalló en qué consistía, y hasta ahí, ni los demás alumnos ni yo, entendíamos que tenía que ver específicamente esto con la fe. Prosiguió diciendo: “cuando los cinceles perdían el filo, él me los entregaba para que yo los afilase, y luego de unos minutos, yo se los devolvía, y él arremetía contra la piedra cortándola con gran velocidad y fuerza. ESO ES FE”.

Nos mirábamos, y no entendíamos nada. ¿cuál era mi fe? Sólo trabajaba con cinceles que sabía que podían cortar los ladrillos. No había fe en ello, así que otro alumno irrumpió y dijo: “yo veo que esto es karma yoga, pero no encuentro donde ubicar la fe en este acto…” El maestro tomó su taza de té, y luego de tomar un trago, repuso: “jamás afilé siquiera una vez los cinceles”.

En verdad no sabía qué sentir: varias veces se los di, se los llevó, y yo cortaba con cinceles como nuevos. Primero sentí una gran molestia por este artilugio que me había jugado mi maestro, aquel en quien más confiaba. Luego comprendí que los maestros se valen de esta forma muchas veces para desarrollar nuestras virtudes. Él concluyó diciendo: “han visto como su fe operó contra toda lógica. Confiando plenamente en mí, no dudó jamás de que podía cortar mejor con lo que yo le daba. Tuvo fe en su maestro. Esto generalmente sucede primero. Luego debe crecer la fe en sí mismo. Si yo le hubiese pedido que corte la roca como lo hizo, pero sin develarle el secreto de los cinceles, difícilmente él hubiese creído que lo lograría…”

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