Sobre el cuidado con el ego

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Una mañana de otoño, luego de haber comenzado una caminata con el maestro, se me preguntaba qué sentía en ese momento. Yo decía que a diferencia del principio del camino espiritual, donde todo me era incierto en cuánto a cómo comenzar y qué se debía hacer, ahora mi vida estaba más clara. Todo cobraba sentido, ya no tenía nada que temer pues yo sentía que había comprendido. El maestro me preguntaba a qué le temía, y yo le decía que a nada, que yo estaba entregado a Dios, que nada podía ser temido. Me preguntó si estaba alegre, y le dije que sí, que tenía gran alegría.

Luego de caminar un largo trecho, me pidió que mirase al cielo. Lo hice y no vi nada particular. Me preguntó qué veía. Le dije que al sol resplandeciente, al firmamento celeste y limpio, y un día magnánimo y glorioso. Se sonrió y me dijo: “así está tu mente en este tiempo, mas recuerda: aquí el sol brilla, pero en otros sitios, las nubes que el viento llevó están descargando furiosas lluvias…manténte alerta, disfruta, pero alerta…”

Y así era: dos días después mi mente se había inquietado, y mi salud hallaba tropiezos, y mi mente se llenaba otra vez de dudas. Como dice el Gita: el hombre sabio permanece igual ante placer y dolor, victoria y derrota, alegría y tristeza, salud y enfermedad. Disfrutemos del bienestar que se nos da como alivio en el largo camino, pero estemos alertas para que el ego no nos engañe.

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