Sobre la sencillez de la mente

Sencillez de la mente

Esta historia es muy sencilla y simple, y también se me dio en los comienzos de mi aprendizaje. Me molestaba mucho la agitación en mi mente, ese continuo ir y venir de pensamientos. Si bien mis conocidos veían en mí un ser en extremo inteligente, y lo consideraban una gran virtud que me hacía sobresalir del resto, a mí me quitaba la paz ese intelecto. No era que yo quisiese ser tonto, o no pensar, sino que quería pensar lo necesario y con equidad. Buscaba permanentemente el equilibrio. Yo veía en mi maestro el ideal que deseaba alcanzar, y le dije: “quiero llegar a tu punto, tú siempre estás en el centro, no piensas más ni menos, sólo lo justo. Yo no hubiese querido nacer con esta mente tan inmensa, a veces parece una computadora en cortocircuito!”. Como vio mi congoja, optó por decirme:  mira, tu mente se tornará sencilla por sí sola cuando alcances a Dios, pero para que veas que tu maestro también recorrió un camino antes de llegar a ese punto que anhelas, te contaré lo que me sucedió con mi propio maestro cuando acepté su instrucción: me llevó a una laguna y me dijo que allí comenzaba mi enseñanza. Me dijo que me pediría algo muy difícil para mí. Esperé ansioso su requerimiento y él me habló: ¿ves que esta laguna tiene alrededor unos bellos patos que caminan por su orilla? Quiero que al atardecer, cuando yo regrese, me entregues un pato de las decenas de patos que hay allí. Contento para mis adentros me dije: ¡qué tontería! ¿esa es mi misión tan difícil? ¡Agarrar a un pobre pato! Y me sonreía. Comencé a acercarme a uno sigilosamente, me puse a sus espaldas, y cuando lo iba a agarrar, salió volando. No me di por vencido. Cerca había otro, intenté por el costado de unos árboles, y cuando lo iba a alcanzar, huyó rápidamente. Me comenzaba a desesperar, y realicé planes. No podía ser tan difícil algo tan fácil. Hasta llegué a tomar unas hierbas para que no me descubran, y las puse cubriendo mi cuerpo. El esfuerzo era inútil: las horas pasaban y no podía agarrar un solo pato! Ya estaba exhausto, llegó el ocaso, y mi maestro apareció caminando plácidamente, preguntándome sorprendido: ¿y mi pato?. Le conté todos mis esfuerzos, todo lo que hice, y los planes que tracé con mi mente para emboscar los patos sin éxito. Admití mi derrota. El se alejó unos pasos, se sentó en la orilla de la laguna, en silencio, cerca de donde un pato nadaba. Miró al pato, estiró su mano abierta y le dijo: ven pato! y el pato vino, ante mi asombro y mi vergüenza, EL PATO SENCILLAMENTE VINO. Esta enseñanza es para que siempre recuerdes que aún tu maestro debió aprender, y que la sencillez llega cuando Dios te inunda…”

  Por eso siempre tengo presente la historia de mi maestro con su maestro, y el pato. Nunca olvides que los grandes maestros enseñan con hermosa sencillez a veces, tan pero tan sencillamente que desarman todos nuestros planes y especulaciones. Espero que te haya gustado…

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