Frases de Ramana Maharshi

Frases de Ramana Maharshi

Ramana Maharshi nació con el nombre de Venkata Ramana (‘la que da placer a Venkata’, la diosa Lakshmī, consorte del dios Vishnú. Veṅkaṭa es un nombre del dios Vishnú. Desde su juventud, se le empezó a llamar maharshi, ‘gran sabio’ (siendo mahā: ‘grande’; y rishí: ‘sabio’). También se le otorgó la denominación Bhagaván (Señor, ‘el que aporta prosperidad’).

Había nacido en una aldea llamada Tiruchuzhi, cerca de Madurai, en el sur de la India. Cuando tenía doce años falleció su padre, policía de profesión, y se fue a vivir con su tío a Madurai, donde asistió brevemente al instituto American Mission (misión estadounidense). A los dieciséis años, oyó a alguien mencionar la colina Arunachala. Aunque él no sabía el significado de la palabra (es el nombre de una colina sagrada asociada a la divinidad hindú Shivá) sólo oír este nombre causó un impacto en él. Por aquel entonces se hizo con una copia del Periyapuranam de Sekkilar, un libro que describe las vidas de los santos shivaístas (adoradores del dios Shivá). Ramana decía que hasta ese momento esa fue la única obra religiosa que había leído; despertó en él cierta curiosidad por el fenómeno religioso, que desconocía completamente.

A mediados de 1896 (a los 17 años), tuvo su primera experiencia sobrenatural: fue súbitamente abordado por el sentimiento de que iba a morir. Se acostó en el suelo, convencido de su muerte, retuvo la respiración y se dijo: «Mi cuerpo está muerto, pero yo aún vivo». Así alcanzó un espontáneo atma gñana (‘conocimiento del alma’): se dio cuenta de que él no era el cuerpo, sino el alma. Algunos autores dicen que alcanzó el samadhi tras severas penitencias, pero Ramana negó siempre este extremo: «No tuve período preparatorio o purgativo de ningún tipo  no tenía idea de lo que era la meditación.

El ser no es realizado por la acción de nadie, sino precisamente cuando contenemos nuestro deseo de actuar, nos quedamos quietos y silenciosos y somos lo que realmente somos».

Frases de Ramana Maharshi

Si quieres ayudar al mundo ayúdate a ti mismo.

Un santo ayuda a toda la humanidad sin que esta lo sepa.

La mejor manera de servir al mundo es la liberación del ego. Si estás ansioso por ayudar al mundo y crees que no puedes hacerlo liberándote del ego, pon en manos de Dios todos los problemas del mundo, junto con los tuyos propios.

La reforma personal produce automáticamente la reforma social. Limítate a reformarte a ti mismo. El mundo se cuidará solo.

El poder que te creó a ti, también creó el mundo. Si puede cuidarte a ti, también puede cuidar el mundo. Si Dios creó el mundo, es asunto de Él hacerse cargo del mundo, no tuyo.

Si uno es denostado o injuriado, el remedio no consiste en devolver el insulto ni en resistirse. Simplemente hay que quedarse quieto. Esta quietud dará paz al injuriado, pero inquietará al ofensor, hasta que éste se vea impulsado a admitir su error ante la parte injuriada.

El celibato no es necesario para el sendero de la sabiduría. Casado o no, un hombre puede realizar al Yo, porque éste está aquí y ahora, y es único.

El trabajo cumplido con apego es un grillete, mientras que el trabajo cumplido con desapego no afecta a quien lo realiza. Esta persona está en soledad, incluso mientras trabaja.

Quien viaja en un tren y sigue con su carga sobre la cabeza está loco. Si la baja, descubrirá que esa carga también llega a destino. De un modo parecido, no adoptemos la pose de quienes ejecutan la acción: entreguémonos a la fuerza que nos guía.

No son las acciones las que forman la esclavitud. La esclavitud es solamente la idea falsa: “Yo soy el ejecutor de la acción”. Despójate de esos pensamientos y deja que tu cuerpo y tus sentidos representen su papel, sin obstaculizarlos con interferencias.

El tiempo es sólo una idea. Sólo existe la realidad. El tiempo no importa en lo que atañe al sendero del conocimiento.

Lo que es natural es, por necesidad, permanente.

Lo que importa es solamente lo que es natural. Esto deberá ser eterno. Lo que nace debe morir; lo que se adquiere debe perderse. Tú eres eternamente existente. El Yo nunca puede perderse.

El silencio es elocuencia incesante.

Para un hombre realizado, para quien permanece en el Yo, no constituye diferencia la pérdida de una, de varias o de todas las vidas en este mundo, o en los tres mundos. Y aunque él las destruya a todas, ningún pecado podrá tocar a un alma pura como ésa.

La máxima dicha es no necesitar nada. Eso sólo se logra mediante la experiencia. Ni siquiera un emperador puede equipararse a un hombre que no necesita nada. Él está libre para hacer lo que le plazca, y no debe ser servido por otros.

Quien ha realizado el Yo ya no tiene cuerpo. Para los demás, sigue teniendo cuerpo, pero esto no es más que una apariencia externa. Todo es difícil de comprender, mientras uno se identifique con el cuerpo.

El pensamiento “yo soy este cuerpo de carne y huesos” es el origen de todos los demás pensamientos. Por eso, si miro hacia adentro y me pregunto: “¿Dónde está ese yo?”, todos los pensamientos (también el pensamiento del “yo”) desaparecerán, y el autoconocimiento brillará espontáneamente.

La autoindagación es la única manera infalible y directa de realizar el Ser absoluto que en verdad eres.

Una vez que se ha realizado el Yo, ya no se necesita saber nada, porque el Yo es la felicidad perfecta, es el todo.

La atención al Yo eterno, la realidad indivisa y pura, es el único medio por el cual el individuo confundido por el pensamiento de “yo soy el cuerpo” puede cruzar el océano de las eternas reencarnaciones.

No hay misterio más grande que éste: siendo nosotros la realidad, buscamos obtenerla. Creemos que hay algo que oculta nuestra realidad y que debemos destruirlo para llegar a ella. Eso es ridículo. Llegará el día en que te reirás de los esfuerzos que realizabas para llegar a la realidad. Pero aquello que será en ese momento, ya es aquí y ahora.

No medites, sé. No pienses que eres, sé. No pienses en el ser, tú eres.

Así como un buscador de perlas se ata una piedra a la cintura para sumergirse y tomar la perla del fondo del mar, cualquiera que bucee en las profundidades de su propio ser con desapego puede obtener la perla del Yo.

La única libertad que tiene el hombre es la de buscar y lograr la realización del Yo, que le permitirá dejar de identificarse con el cuerpo.

La mente dirigida hacia afuera se transforma en pensamientos y objetos. La mente dirigida hacia adentro se transforma en el Yo.

En el resplandor del Yo, la oscuridad de la ilusión se disipa para siempre.

Tu deber es ser, y no, ser esto o aquello. “Yo soy el que soy” resume toda la verdad. El método se sintetiza en las palabras “quédate quieto”. ¿Qué significa la quietud? Significa la destrucción del ego. Porque cualquier forma o delimitación es la causa de problemas.

¿Es necesario que te muestren el camino en el interior de tu propia casa?

El cuerpo no es más que una mera proyección de la mente, y la mente no es más que un pobre reflejo del Corazón radiante.

El Corazón es la fuente, el origen, el medio y el fin de todo. El Corazón, el espacio supremo, nunca es la forma. Es la luz de la verdad.

Tú ocúpate de ti mismo. Deja que el mundo se encargue de sí mismo. Debes ver sólo el Yo. Si tú eres el cuerpo, entonces también existe el mundo corpóreo. Si tú eres espíritu, todo es sólo espíritu.

El hombre cree ser el que hace. Pero esto es un error. Es el poder supremo el que hace todo, y el ser humano es tan sólo una herramienta. Si acepta esa posición, está libre de problemas.

Piensa en las esculturas en la base de los templos, que parecen llevar todo el peso de la torre sobre sus espaldas. En verdad el templo está construido sobre la tierra, y su peso descansa en ella. El ser humano que se apropia de la sensación de hacer es como esas figuras que se apropian de la sensación de estar soportando el peso del templo.

Quien conoce el secreto del amor verdadero encuentra al mundo entero lleno de amor universal.

El amor es la forma real de Dios. Es la felicidad pura, es devoción, es realización, es todo.

Sólo si se conoce la verdad del amor, que es la naturaleza real del Yo, se podrá desatar el intrincado nudo de la vida. Sólo si se alcanzan las alturas del amor, se logrará la liberación. Ésa es la esencia de todas las religiones.

Venerar la realidad sin formas, mediante pensamientos no pensados, es la mejor manera de venerar. Pero si alguien es incapaz de venerar a Dios sin darle formas, la veneración de formas es aceptable. La veneración sin formas sólo es posible para personas que se han desprendido del ego.

El Yo descarta la ilusión de “yo” y, sin embargo, sigue siendo “yo”. Ésa es la paradoja de la autorrealización. En lugar del “yo” original, la autoentrega perfecta deja un residuo de Dios en el cual el “yo” se pierde. Ésa es la forma más alta de devoción y entrega y la culminación del desapego.

Tú te desprendes de esta o aquella de “mis” posesiones. Si, en cambio, te desprendes de “yo” y “mi”, te desprendes de todas ellas de un solo plumazo. Se pierde la semilla de la posesión propiamente dicha. Con ello el mal es anulado en su mismo germen.

Dios, que es inmanente, se compadece en su gracia del devoto y se le manifiesta en corcondancia con su grado de evolución.

“Yo” es el nombre de Dios. Es el primero y el más grande de todos los mantras. En relación con él, incluso “om” está en segundo lugar.

Todos los esfuerzos que se hagan en la búsqueda de la verdad, tarde o temprano conducirán al camino correcto.

Lo que está destinado a pasar, pasará. Si tú estás destinado a no trabajar, no conseguirás trabajo ni aun si intentas buscarlo. Si estás destinado a trabajar, no podrás evitarlo y te verás forzado a comprometerte con él. Déjalo, pues, a cargo del poder superior; no puedes renunciar o retener a tu antojo.

Mientras trabajas debes estar consciente de tu naturaleza real. Debes mantener la calma, practicar meditación para aquietar la mente y permitirle tomar conciencia de su relación verdadera con el Yo que la sustenta. Si trabajas de este modo, tu trabajo o servicio no será un impedimento en el camino hacia la verdad.

Si un individuo tiene un intenso deseo de una vida superior, entonces sus tendencias sexuales irán desapareciendo. Cuando se destruye la mente, los demás deseos también se destruyen.

Tú siempre eres puro. El Yo no se percata del pecado. Son tus sentidos y tu cuerpo los que te provocan tentaciones. No debes confundirlos con el Yo real. Pregúntate quién es el que ha sido objeto de tentaciones.

Si has cometido adulterio, no pienses en ello después, porque tu verdadero ser es puro. Tú no eres el pecador.

Ayunar no es un fin en sí mismo. El ayuno es temporario y, realizado en forma absoluta, debilita la mente. La verdadera ayuda es el ayuno mental. Deberá hacerse un desarrollo espiritual.

No hay diferentes felicidades. Hay sólo una felicidad, que incluye la felicidad gozada cuando se está despierto, la felicidad de todo tipo de criaturas, desde el animal más insignificante hasta el más alto brahman. Esa felicidad es la felicidad del Yo. La felicidad que se goza en estado de vigilia es una felicidad de segunda mano, derivada de la verdadera felicidad.

Cuando te identificas con el cuerpo, como en el estado de vigilia, ves objetos burdos. Cuando estás en el cuerpo sutil o en el plano mental, como en los sueños, ves objetos igualmente sutiles. En la ausencia de identificación en el sueño profundo, no ves nada. Los objetos que se ven guardan una relación con el estado de quien los ve. Lo mismo se aplica a las visiones de Dios.

Si se rastrea el miedo a la muerte hasta el objeto cuya pérdida le dio origen, se verá que ese objeto no es el cuerpo, sino la mente que funciona en él. Lo que el ser humano teme perder es la conciencia, no el cuerpo. Él ama la existencia, que es su propio Yo. ¿Por qué no apegarse a la conciencia pura ahora mismo, mientras estamos en el cuerpo, y quedar libres de todo miedo?

Los difuntos están felices. Son los deudos los que se afligen por la persona que murió. La propia existencia es evidente con o sin el cuerpo. ¿Por qué, entonces, uno debería desear que las cadenas corporales continúen? Que el hombre busque a su Yo subyacente, que muera y que sea inmortal y feliz.

Si uno puede librarse de un deseo satisfaciéndolo, no habrá problema en satisfacerlo. Pero generalmente los deseos no se erradican satisfaciéndolos. Tratar de desarraigarlos de esa manera es como intentar apagar un fuego echando líquidos inflamables en él. La manera de librarse de un deseo para siempre es preguntarse: “¿Quién es el que tiene el deseo? ¿Cuál es su origen?”.

Así como el fuego es oscurecido por el humo, la brillante luz de la conciencia es oscurecida por el cúmulo de nombres y formas, el mundo. Cuando, por la compasiva gracia divina, la mente se aclare, se reconocerá que la naturaleza del mundo no son las formas ilusorias, sino sólo la realidad.

La conciencia siempre es conciencia de uno mismo. Si eres consciente de algo, esencialmente eres consciente de ti mismo.

Desde el punto de vista del Yo, no hay nacimiento ni muerte, no hay cielo ni infierno, y no hay reencarnación.

No hay pasado ni futuro. Sólo existe el presente. Ayer era presente para ti cuando lo experimentabas, y mañana será presente, cuando lo experimentes. Por ende, la experiencia sólo se produce en el presente, y más allá de la experiencia nada existe.

No existe el nacimiento real ni la muerte real. Es la mente la que crea y mantiene la ilusión de realidad en este proceso, hasta que es destruida por la autorrealización.

La plegaria no es verbal. Proviene del Corazón. Sumirse en el Corazón es plegaria, es la Gracia.

Conócete a ti mismo antes de comenzar a decidir acerca de la naturaleza de Dios y del mundo.

Dios es personal, es siempre la primera persona, el Yo, eternamente parado frente a ti. Tú les das prioridad a las cosas mundanas, por eso Él parece haberse retirado a un segundo plano. Si te desprendes de todo lo demás y sólo lo buscas a Él, quedará como lo único, como el Yo.

De todas las definiciones de Dios, ninguna es tan exacta como la expresión bíblica “Yo soy el que soy”, de Éxodo, capítulo 3.

Y ninguna es tan directa como el nombre Jehová, que significa “yo soy”.

Dios asume cualquier forma imaginada por el devoto a través de la repetición de pensamientos en una meditación prolongada. A pesar de que así asume infinitos nombres, sólo la conciencia sin forma alguna es Dios.

La entrega a Dios nunca será completa, mientras el devoto le pida esto o aquello al Señor.

Si permaneces libre de dolor, no habrá dolor en ninguna parte. El problema ahora se debe a que ves el mundo externamente y piensas que hay dolor en él. Pero ambos, el mundo y el dolor, están en tu interior. Si miras hacia adentro, no habrá más dolor.

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