El volcán en erupción

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 A cierta edad, hace unos años, el maestro me dijo: “ya es tiempo de que tu mente se libere. Siempre has realizado lo que te he pedido, pero esta vez debo darte una práctica espiritual profunda: deberás realizar mamtrams (repeticiones de un nombre u oración sagrados). El primer día de la semana lo repetirás mil veces, el segundo dos mil veces y así hasta llegar a 7.000 veces, y al octavo día descenderás a 6.000 hasta llegar a 1.000 al día 14. Y así irás, entrenando y disciplinando tu mente…”

Lo que me sucedió cuando esto me fue comunicado fue bastante duro. Al alumno anterior le dio la misma práctica, sólo que repetía 10, 20 y así hasta 70 repeticiones. Yo no entendía por qué tal diferencia. Lo mío me parecía una tortura: 70 contra 7.000 veces. Por otra parte no sabía cuánto tiempo debería hacerlo, tal vez toda mi vida, y tal vez luego me aumentarían las cantidades. Sabía que los yoguis lo hacían 15.000, 30.000 y hasta 70.000 veces, pero yo no era ni la sombra de uno de ellos. Como sea comencé, y durante dos meses lo realicé, con entusiasmo primero, con molestia después, con hastío a lo último. Le planteé mi sentir al maestro, y me fue dicho: ” está bien, no te preocupes. Descansa ahora, interrumpe la práctica por estos tiempos. Luego veremos…” Aquello fue un alivio. Disfrutaba mucho cada noche que no debía sentarme a repetir mi mantram. Mi mente estaba exhausta.

Al cabo de dos meses me dijo: “Reanudamos tu práctica. Repetirás mi nombre ahora. La diferencia es 500 veces al primer día, 1000 al segundo, y así hasta 3500 veces, y desciendes.” Si bien no me agradó volver a hacer prácticas, el hacerlo con el nombre de mi maestro me resultaba hermoso, y la cantidad era la mitad de las que hacía que antes. Pero lo inesperado para mí sucedió al cabo del tercer mes: abruptamente sufría de terror, tenía ataques de pánico, no podía dormir, mi presión cardiaca había aumentado. Al acostarme, un torbellino de pensamientos fustigaba mi cabeza sin detenerse jamás, por el contrario: aumentaban. Sentía que iba a enloquecer por lo menos, o morir en lo inmediato. Llamé por teléfono al maestro y le dije: “Padre, siento terror: millones de pensamientos e imágenes sin sentido se agolpan en mi mente, me sacuden, estoy enloqueciendo. Siento que me muero, Debo verte!!!” Y el respondió: “No temas, esto es fruto de la práctica espiritual. Suspéndela ahora y ven a verme mañana”. Contesté: “mañana estaré muerto! mi corazón estalla! mi mente me azota! No soporto esta locura que veo en mí! Debo verte ahora mismo!” El aceptó, y me puse en viaje. Era un trayecto en tren, los minutos no pasaban, sentía que me desmayaría, tenía taquicardia, mi mente era una catarata de infinitas imágenes sin sentido. Sí, había enloquecido de atar, y la muerte era terrorífica, pero ya no soportaba. Creí no llegar a la última estación. Cuando bajé del tren, el maestro me esperaba sonriente, con sus brazos me rodeó y me dijo: “Ya, estás a salvo. Siempre has estado protegido. Lo que te sucedió fue la erupción del volcán. Tu mente estuvo siempre amenazando tu paz. Tu mente es el volcán. No podías estar toda la vida temiendo su erupción. Debía salir su lava quemante. Cuando esto sucede, todo lo contenido durante siglos de karmas estalla, y las poblaciones cercanas al volcán son arrasadas. El fuego quema y purifica. El dolor que experimentas fue sentido por los grandes santos. Hoy hijo mío, tu mente ha estallado. Si te hubiese advertido de esto, jamás hubieses consentido hacer tu mantram. Esto debía ser así: no trates de entender, acepta. Jamás estuviste en peligro, siempre te he cuidado, pero este punto era necesario.” Comencé a adormecerme, los pensamientos cesaron de pronto. Sentía paz, y parte de mí no sabía de dónde provenía esa tranquilidad infinita. Toda la locura cesó de golpe, inexplicablemente. Me invadió una sensación de sencillez y armonía indescriptible, más allá de alegría o cualquier concepto. Me reencontré con mi esencia. Sentía que el mismo Dios me acariciaba. Esto no podía ser explicado ni verbalizado. Sucedió así.

Desde aquel día, jamás se me ha dado una práctica de ese tipo. La mente ha perdido casi totalmente toda fuerza o forma de azote. De vez en vez, cuando las situaciones del mundo se tornan sofocantes, el volcán emite una obscura humareda, pero no hay lava quemante que me arrase.  Sólo se que el volcán estalló, y que ahora la naturaleza ha renacido como en los orígenes en mi ser. Un maestro a veces se vale de formas incomprensibles e inescrutables, confusas como los misterios de Dios. Pero el verdadero maestro es reconocido, porque aunque no lo veamos, su ser protege a su amado alumno. Un compañero de sendero me dijo una vez: ” A veces, un maestro es un asesino” . Yo entendí lo que quiso decir, no era literal, pero lo comprendí. No me pidas una explicación de esta historia, no podría dártela. Sólo sé que si el maestro me pidiera realizar de nuevo algo así, lo haría porque sé que él sabe de mí mucho más de lo que yo llegaré a saber en cientos de vidas. Que aquel que esté en camino bajo las instrucciones de un guía, pueda tomar algo útil de esta historia personal, y que quien no lo haya hallado, sepa que en alguna existencia venidera deberá pasarlo. Todos pasaremos por la erupción de nuestro volcán algún día. Así es la naturaleza del alma de Dios, que puja por elevarse, y como el río lucha por abrirse paso en las llanuras hasta llegar al mar, así es con nuestra esencia buscando su camino de retorno al Ser…

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