Antiguo texto sobre el alma…

Dialogo entre Elredo y Juan, un antiguo texto para saber qué es el alma…

Elredo, Juan y el alma

Elredo: -¿Cuál es la causa de tu inesperada venida, mi querido Juan?

Juan: – He leído algunas cosas en los libros de san Agustín que me preocupan en gran manera, por lo que quisiera cerciorarme de lo que piensas tú acerca de cada una de ellas.

Elredo. – Estoy presto… estos, terminado ya el asunto por el cual vinieron, están a punto de marcharse.

Juan. – Desearía saber qué opinas del alma. San Agustín no juzga sobre ella como yo estoy acostumbrado a pensar. Dice que no se mueve de lugar, ni está contenida ni circunscrita á lugares determinados, ya que carece de longitud, latitud y altura.

2. Elredo. – ¿Y qué; ¿acaso piensas tú otra cosa?

Juan. – Totalmente. ¿O es que no siento yo que mi alma está contenida en mi cuerpo? Por consiguiente, siendo mi cuerpo un lugar, no puedo comprender cómo el alma no esté en un lugar, ni se mueva localmente con el cuerpo.

Elredo. – No faltaron varones doctísimos que opinaron que el alma de ningún modo estaba contenida en el cuerpo, antes bien era ella la que contenía al cuerpo, y, manteniéndose en su natural simplicidad, da existencia al cuerpo, sin ser prisionera de él. Por ventura, al cesar el alma de informar al cuerpo, ¿acaso no se descomponen todos los miembros, se pudre la carne, los huesos se secan, y se desmorona todo aquel conjunto de partes?

Juan. – ¿Quién dudará de que mi alma reside en mi cuerpo mientras vivo? ‘

3. Elredo. – Entonces, ¿qué? Aunque razonablemente pueda decirse que el alma está en el cuerpo, ¿no es por eso necesario que se mueva localmente en el cuerpo o con el cuerpo? Juan. – Así lo entiendo.

Elredo. – La fe cristiana no duda de que el alma ha sido creada a imagen de Dios.

Juan. – Nada hay más cierto.

Elredo. – Su voz es esta: “Yo lleno el cielo y la tierra:’ De ahí que aquel gentil que llamaba Dios a Júpiter, considerando más profundamente la naturaleza divina, dijo: “Todas las cosas están llenas de Júpiter:’ Si, pues, Dios llena todas las cosas, ¿acaso es como el aire al odre o el agua al grifo?

Juan. – De ningún modo.

Elredo. – ¿Cómo entonces?

Juan. – Cuando de niño disputaba con otros niños, indagando cómo Dios estaba en todas partes, se nos dio esta respuesta: “No localmente, sino potencialmente:”

4. Elredo. – Yo digo: no sólo potencialmente, sino también esencialmente. No es una cosa su esencia y otra su potencia, para que se crea estar esencialmente en todas partes aquel que de verdad se cree que nunca está localmente. Esto es propio del que pueaa toaas ias cosas. ,r.i aima numana, hecha a imagen de su Creador, en cierto modo obra en su cuerpo lo que Dios en la totalidad de la criatura, y ella, por tanto, llena todo el cuerpo, pero no localmente. Si fuese localmente, se difundiría o extendería, resultando mayor en el todo que en la parte. Siempre, por consiguiente, está en su sumiso cuerpo, si no llenando, sí imitando 0 representando la semejanza del que está en todas las criaturas.

5. Juan. – No me es lícito dudar de Dios que esto sea así, pero no puedo entender, ni de Dios ni del alma, cómo se verifica.

Elredo. – En efecto, adheridos al fundamento de la fe en las cosas que son de Dios, indaguemos del alma, que fue creada a imagen de Dios, cómo se realiza en ella. Quizás, encontrada la. imagen, hallarás más fácilmente a aquel del cual es la misma imagen.

Juan. – Hagámoslo así.

Elredo. – ¿Dudas de que el alma está en el cuerpo?

Juan. – No lo dudo abiertamente, pero no alcanzo a ver cómo no está localmente.

Elredo. – ¿Toda en todo el cuerpo o en alguna parte de él?

6. Juan. – Ciertamente, en todo el cuerpo y en todas sus partes, fuera de los cabellos y las uñas, y si hay algunas otras partes que carecen de sentido, puesto que en éstas no existe indicio de la presencia del alma.

Elredo. – Te engañas, hermano. En el hombre muerto; ¿no crecen las uñas y se producen los cabellos?

Juan. – Me has convencido plenamente.

Elredo. – El alma se encuentra hasta en el dedo m ~ ; . 7. Juan. – De acuerdo.

Elredo. – Pero, ¿toda o alguna parte de ella?

Juan. – No te rías si digo que alguna parte de ella, pues no acierto a comprender otra cosa.

Elredo. – Lejos de mí el reírme, ya que buscamos no lo que se ha de creer, sino lo que se ha de entender. Por tanto, si una parte del alma está en el dedo, si se corta éste, ¿qué será de aquella parte del alma?

Juan. – ¿Por qué no decir del alma lo que del cuerpo, o sea, que ambos han disminuido?

8. Elredo. – ¿Luego, si se cortan los pies o las manos de cualquiera, si se arrancan los ojos, si se cortan las orejas, cuanto más pequeño se haga el cuerpo, tanto el alma será más pequeña? ¿Tendrá menor el alma el mutilado en sus miembros, que el que tiene el cuerpo íntegro?

Juan. – Esto es un absurdo y no cabe en la mente humana. Si alguno es desminuido en sus miembros, siente ciertamente que le faltan muchas cosas a su cuerpo; más, con todo eso, la naturaleza del alma no es otra de la que era, no es lacerada, ni dividida, ni se siente disminuida en algo. °

9. Elredo. – Muy bien, muy agudamente. Ves cómo por la misma razón te convences de que el alma no puede constar de parte alguna, ni ser dividida, ni extenderse localmente, ni alargarse ni encogerse.

Juan. – Veo que en esto trabaja mucho el entendimiento, porque cuando no sabía lo que ignoraba, ahora sé que ignoro lo que es el alma. Por lo mismo, en primer lugar es necesario que me instruyas, para que no parezca que disputo no tanto del alma, cuanto de otra cosa que no sea el alma.

10. Elredo. – Con agrado te diré lo que no es el alma, aunque afirme con temor lo que la misma sea.

Juan. – Sobre todo ello, si te place, estoy dispuesto a escuchar.

Elredo. – El alma no es cuerpo, ni semejanza de cuerpo; no es tierra, ni aire, ni agua, ni fuego, ni algo compuesto de estos cuatro, ni de dos ni de tres de ellos. No es especie o forma corpórea cuya naturaleza podamos ver con los ojos, oír con los oídos, tocar por medio del tacto, percibir con el olfato o discernir por el gusto. ¿Quieres, por tanto, que te insinúe cierta definición del alma?

Juan. – Como quieras; lo acepto como a ti te parezca.

11. Elredo. – Me parece que el alma humana, pues no dudo que sobre ella preguntas, según el estado de la vida presente, es cierta vida racional, mudable por el tiempo, no por el lugar, en su modo inmortal, y que puede ser bienaventurada o desgraciada. En lo que digo ser vida racional, se excluye en ella la vida por la cual viven los árboles y los animales que carecen de razón. Cuando se dice mudable en el tiempo, se demuestra que no es la naturaleza de Dios, la cual no se muda ni en el lugar ni en el tiempo. Al afirmar que es en su modo inmortal, se excluye aquella inmortalidad que, según el Apóstol, es sólo de Dios; que, por lo mismo, se dice que siempre es el mismo y del mismo modo. Lo cual, ciertamente, no debe decirse del alma, que se ve arrastrada por diversos afectos y deseos.

Juan. – Entonces, puede creerse que los espíritus celestes sean movidos por estos afectos, de modo que no sean de esta inmortalidad, o ellos mismos son partícipes?

12. Elredo. – Muy bien has dicho: partícipes. Son en efecto, partícipes de la inmortalidad; esto es, de la inconmutabilidad. Mas no son la misma inmortalidad o inconmutabilidad. Dios es tan inmortal e inconmutable, que es la misma inmortalidad e inconmutabilidad. Por consiguiente, Él mismo, existiendo naturalmente; ellos, participando por gracia.

Juan. – Como ya se ha dicho bastante de estas cosas, procede seguir explanando las que siguen.

Elredo. – Se añade en la misma definición del alma, que puede ser feliz o desgraciada, para que se excluyan los ángeles, que no pueden ser desgraciados, y los demonios, que no pueden ser felices.

Juan. – Dices que el alma es vida, pero quisiera pensar sobre la vida y no puedo.

13. Elredo. – Conozco la razón de esto. Consideras que nada puedes pensar sino por las imágenes de los cuerpos que percibiste por el sentido o fingiste imaginando. Así como pensando en un hombre que viste te propones su imagen impresa en la memoria, así querrías pensar en la vida por su imagen, ni crees que haya alguna substancia que no tenga en la memoria cierta forma. En consecuencia, queriendo concebir la vida, buscas en tu interior su imagen y, como no la encuentras, te turbas. Sin embargo, piensas muchas cosas sin ninguna especie ni imagen corporal, y que son muy superiores a todos los cuerpos. Pensando, por ejemplo, en las virtudes, no ves ninguna imagen de ellas. Cuando, por consiguiente, consideras y recapacitas en tu mente, qué de luz, qué de ciencia, qué de consolación, qué de gracia produce en nuestras mentes la sabiduría, cómo te abrasas, cómo deseas gozar de su participación, excitándote a esto mismo la Sagrada Escritura, que dice: “Anhela la sabiduría y Dios te la dará:’ Mayor y más excelente, por tanto, que todo cuerpo, es lo que piensas y deseas sin imagen alguna corporal.

14. Juan. – No obstante, juzgo que, tanto la sabiduría como la justicia, son accidentes, mientras que esta vida de la que hablas, es decir, el alma, afirmas que es substancia. ¿Quién, empero, puede pensar en una substancia sin ninguna forma o especie?

Elredo. – Ahora, dime, te ruego: ¿cómo piensas en la justicia? Juan. – Pienso que la justicia es la virtud por la cual se da a cada uno lo suyo; y, para mí, pienso, aun más, que es justo aquello que debo dar a Dios, al prójimo y a mí mismo. Cuando considero la utilidad y gozo que trae consigo esta adquisición, se me excita y despierta el deseo de poseerla.- ¿Por qué no meditas igualmente de la vida?

Juan. – Lo ignoro.

15. Elredo. – Piensa que la vida es una. cosa movible, que presta incremento, por cierto movimiento, a las cosas insensibles. Esto ocurre en los árboles o en las hierbas, en los que la savia es introducida en la raíz y después se difunde por todas las partes del árbol, dándole cierta vida de su género, para que se fortalezca, crezca, se vista de hojas, se adorne de flores, y se fecundice con frutos.

Juan. – Quisiera saber si esta vida es cuerpo o espíritu, o alguna otra cosa que no sea ni cuerpo ni espíritu.

16. Elredo. De ningún modo diría que es espíritu, sino en sentido apropiado, como el aire, él viento y demás elementos que también se llaman espíritus. Ahora bien, como todos los cuerpos están formados de los cuatro elementos conocidos, así en la naturaleza del árbol aquellos cuatro están moderados por la sabiduría del Creador, de forma que, por la fuerza del aire y del fuego – que son de naturaleza más sutil que los otros dos y más hábiles para hacer como para padecer -, este movimiento interno obra y da vigor en los cuerpos. No juzgo, por tanto, a esta vida o movimiento del todo incorpóreos, si bien administran elementos corpóreos, aunque sutilísimos. Pero así como los mismos elementos por cuya virtud gobierna a los demás, son más allegados al espíritu, así igualmente este movimiento es más sutil que aquel que lo impulsa extrínsecamente. ¿Te bastan estas cosas?

Juan. – De momento es suficiente. ‘~

17. Elredo. – Ahora pensemos en aquella vida que no sólo engendra este movimiento e incremento del cuerpo, sino también cierto movimiento espontáneo que se une al sentido para el gobierno del cuerpo, como ocurre en todos los animales. Esta vida se manifiesta en el tacto, y por él siente las cosas calientes, frías, duras, blandas, leves, graves, ásperas y suaves. Después siente y percibe innumerables diferencias – de colores, formas, olores, sabores y sonidos -, viendo, oliendo, gustando y apeteciendo los convenientes a su cualidad y rechazando los que le son contrarios. Esta vida alguna vez se aparta de los sentidos por cierto tiempo y sus movimientos los repara como, por ejemplo, con alguna especie de descansos; las imágenes de las cosas que atrae por él, las guarda consigo como en tropel y desparramadas, y todo esto es sueño y sueños. Se ha comprobado muchas veces que esta naturaleza está en el alma de las bestias, por el movimiento y ladrido de los perros que duermen y por el relincho de los caballos. Por el apetito sensitivo es arrastrado a muchas cosas, por placer, por necesidad o por afecto. . . =’

18. . . . Por placer, como en la unión carnal; por necesidad, como en la comida y bebida; por afecto, como en conservar, nutrir, acariciar y proteger a la prole, a cuyo efecto búscanse los escondrijos necesarios, se construyen nidos, se preparan hábilmente los lugares aptos para sus obras. Todas estas cosas, de tal manera se lo graban e imponen, por cierta costumbre del sentido y del afecto, que pasan a la memoria de tal modo que el pajarillo, entre cien nidos iguales, sin confundirse escoge el suyo; y, entre muchos agujeros, la abeja encuentra el suyo propio. Ciertamente, a esta vida la Sagrada Escritura Ie llama “espíritu de vida”, que, aunque carezca de razón, en nada se diferencia de la racionaI, que usa y abusa de todas estas cosas no sólo porque puede, sino también porque quiere.

Juan. – Quisiera saber si a este espíritu le llamas incorpóreo, mortal o inmortal. =i

19. Elredo. – San Jerónimo dice que el alma animal se propaga con el cuerpo y muere con el cuerpo. A su vez, san Gregorio afirma que Dios creó tres espíritus vitales; uno, que no se cubre con carne, como el de los ángeles; otro, que se cubre, pero que no muere con la carne, como el de los hombres; y el tercero, que se cubre con la carne y muere con ella, como el de las bestias. Pero san Agustín, inimitable en la sutileza, usando razones de orden físico, dice que el movimiento y sentido que vemos en los animales procede de una cualidad aérea o ígnea. Pues -afirma-, aunque toda carne lleva evidentemente solidez terrena, con todo tiene en sí algo de aire que es contenido por los pulmones y se difunde desde el corazón por las arterias; y el fuego no sólo tiene en sí una férvida cualidad cuya sede radica en el hígado y en el cerebro, sino que posee además la claridad que lo eleva a lo alto del cerebro, como cielo de su cuerpo, de donde parten los rayos a los ojos, y de cuyo medio, como de su centro, no sólo a los ojos, sino también a los demás sentidos son llevados por los sutiles canales; a los oídos, a las narices y al paladar, para oír, para oler y para gustar. El mismo sentido del tacto, esparcido por todo el cuerpo, dicen que es dirigido por el mismo cerebro mediante la médula cervical, insertada en los huesos con los que está cubierta la espina dorsal, para que, de allí, ciertos delgadísimos hilillos que forman el sentido del tacto se difundan por todos los miembros. . . ‘~

20. . . . Examinadas estas cosas diligentemente, fácil es advertir cómo aquella alma o espíritu, naciendo con el cuerpo y muriendo con el cuerpo, empero, en el mismo cuerpo no excede a la aérea e ígnea cualidad; en comparación con la tierra y el agua, se dice espíritu “incorpóreo”; pero en comparación con el espíritu racional e incorpóreo, puede decirse “corpóreo”. He aquí cuántas cosas hemos dicho de aquella vida que se dice tienen los árboles, cuántas también de aquella por la cual los animales no sólo viven, sino también sienten, y a todo lo que hemos dicho aventaja el conocimiento y cierto raciocinio o discernimiento interior. ¿Quién pensó estas cosas en nosotros, las distinguió o, como se dice, las ordenó? Es grande, es sublime y mucho más excelente de lo que hemos dicho que existe en los animales y en los ‘ árboles. Ellos no pueden comprender ni distinguir lo que es mejor o lo que es peor, lo que es útil o lo que es inútil. ‘°

21. Juan. – ¿Acaso los animales y las aves no defienden su vida en cuanto pueden, por la huida, los escondrijos o de otros modos?; ¿no escapan tal vez de la muerte y procuran su salud con la comida y la bebida? Tanta es en ellos la fuerza de la memoria, que parece se asemeja en gran parte al conocimiento y a la razón.

22. Elredo. – No distinguen por ninguna razón de conocimiento, pues opera en ellos la fuerza de sentir, no la de juzgar. Pues, como asegura san Agustín, en los sentidos nos superan muchas bestias; ellas entienden más agudamente en las cosas que usan, bien para el sustento, bien para el placer; se acostumbran a ella de forma que parecen imitar no poco a la razón.

23. Juan. – Veo que toda aquella como imagen de ciencia que admiramos en los animales es la fuerza del sentimiento, no la perspicacia de discernir. Mas, como en lo que demostraste del alma de los brutos ya basta por ahora, torna. el discurso a indagar la naturaleza por la cual previniste estas cosas, es decir, la naturaleza del alma racional, que es propia del hombre.

24. Elredo. – Como te plazca. Si todas las cosas que quedan dichas las guardas grabadas en la memoria, nos ayudarán mucho para que no trabajemos de balde. En primer lugar, como había empezado, pregunto: ¿quién pensó en estas cosas que hemos dicho? ¿Quién distinguió así entre la vida del árbol y la del animal? ¿Quién? Yo, ciertamente. Y ¿quién soy yo? Un hombre, en verdad. He aquí mi cuerpo, provisto de ojos, que lleva consigo la longitud y la altura. Se distingue por los miembros y está hermoseado de partes congruentemente. ¿Es el mismo cuerpo, o alguna parte del mismo o miembro, el que pensó y distinguió tales cosas?

Juan. – Ni el necio lo afirma.

25. Elredo. – Advierto que en mi propio cuerpo existe un movimiento por el cual se verifica todo lo que conduce a su incremento. ¿Acaso este movimiento me sirve para discernir tales cosas? ¿O él puede hacer algo en ello? Juan. – Nada de eso.

Elredo. – Siento, además, que bullen en mi cuerpo sentidos con los cuales se une el movimiento espontáneo para la ordenación del mismo cuerpo. Veo con los ojos, oigo con los oídos, huelo con la nariz, saboreo con el gusto, toco con las manos; pero,. dime, ¿cuál de ellos juzgas que puede hacer estas cosas? ~°

26. Juan. – Siendo los mismos como ciertos instrumentos u órganos del sentido, ¿quién juzgará que deba atribuirse a ellos las cosas que no concedería fácilmente a los mismos sentidos?

Elredo. – Con todo, para que quede más claro lo que hemos dicho, inspeccionemos, hasta donde podamos, estos sentidos. Por ventura, la vista ¿puede sino ver los cuerpos y los colores? El oído ¿puede oír más allá de lo que suena corporalmente? Para que callemos acerca de los demás, ¿qué te parece de éstos?

Juan. – Nada más, sino que las imágenes de estas cosas que se ven o se oyen, se representan e imprimen én la memoria.

27. Elredo. – Según eso, cuando ves algo en lo que quieres

más expresamente pensar, apartada la cosa de los ojos, ¿te ayudará a pensar en ella el ojo?

Juan. – Nada, en efecto. Pues juzgamos de la misma según la imagen de la cosa que vemos.

Elredo. – ¿Qué ocurriría si ignorases lo que es la justicia y oyeras a alguno disputar sobre ella? Y si conocieras por ciertos argumentos lo que la misma es, ¿no podrías pensar en la justicia?

Juan. – Podría, ciertamente.

Elredo. – ¿Acaso el oído te imprimió la imagen de la justicia?

28. Juan. – De ningún modo. Pues en esta meditación nada me ayuda el oído, al contrario, cuando deseo meditar expresa y sutilmente, todos los sentidos corporales me son impedimento, de modo que preferiría el silencio de la noche y cerraría los ojos para que no pudiera distraerme en otra cosa.

Elredo. – Cuando digo que ni el cuerpo pensó, ni cualquier otro miembro del cuerpo, ni el sentido o algún otro instrumento del sentido, yo lo hago – hombre compuesto de alma y cuerpo- y en su conocimiento no necesito de nada de ellos; luego, resta que lo verifique mi alma.

Juan. – Nada más cierto.

29. Elredo. – Esfuérzate cuanto puedas y, desembarazándote de los sentidos carnales, reflexiona en aquello que piensas, penetra lo más profundamente que puedas y mírate a ti mismo pensando. He aquí que, colocado en las tinieblas, cerraste los ojos, te tapaste los oídos, nada huele el olfato, no gusta el paladar, no obra el tacto. Advierte ahora qué sea esto que, dormido todo, piensa, propone y ordena tantas y tantas cosas, trata cuestiones y entre diversas sentencias juzga tan atinadamente. Esto es grande y sublime. Cuando, por tanto, adviertes que tu alma piensa con mucha fuerza, ¿sientes el lugar en que está, el peso que tiene?

Juan. – En absoluto. Y casi entiendo que al alma incorpórea, aunque esté en el cuerpo, no le puedo dar un lugar cierto en el mismo.

30. Elredo. – Ves, por consiguiente, qué simple ha de ser, qué incompuesto, aquello que, careciendo de longitud; latitud y altura, piensa con precisión tantas cosas y tan sublimes, sin instrumento alguno del cuerpo, y juzga entre muchas de ellas.

Juan. – Lo veo y me alegro en gran manera.

Elredo. – Ahora bien. Como el alma existe, vive y piensa, ¿quién dudará que es substancia?

Juan. – Nadie, en efecto.

31. Elredo. – Siendo substancia que carece de longitud, anchura y altura; y si no es posible designar algún lugar cierto donde está, ni puedes experimentar al que piensa, ni al que subsiste en un lugar de tu cuerpo, ¿negarás que es una substancia incorpórea?

Juan. – De ninguna manera.

Elredo. – Aparta ahora todos los fantasmas de la vista de tu corazón, todas las formas corporales y las imágenes de todas las cosas corporales, y contempla la naturaleza de la misma substancia incorpórea. En primer lugar querría que me respondieras si el alma puede pensar, deliberar, contar, dividir, sin memoria.

Juan. – En modo alguno.

Elredo. – Entonces, ¿puede eso sin la razón?

Juan. – Aquí no hay duda alguna, pues no puede discernir entre lo justo y lo injusto sin la razón.

32. Elredo. – Piensas en tus adentros y, considerándolo diligentemente, ¿podrás acaso sin la voluntad?

Juan. Esto es imposible.

Elredo. – Por consiguiente, estas tres cosas, memoria, entendimiento y voluntad, o son la misma alma, o están ciertamente en ella.

Juan. – Con gusto diría que en el alma.

Elredo. – Y ¿como partes en el todo o como accidentes en el sujeto?

Juan. – Esto último me agrada más.

Elredo. – Si los accidentes del alma son tres, ¿pueden separarse, permaneciendo la substancia del alma?

Juan. – No es necesario, pues existen muchos accidentes inseparables y que jamás pueden separarse de su sujeto. 33. Elredo. – No quiero que preguntes a tus ojos, a tus manos, a tus oídos, sino a la misma razón de la que hablas. ~.Hay algún accidente que no pueda separarse de su sujeto, si no en acto, al menos por el pensamiento?

Juan. – Quizá pueda haber alguno, aunque a mí se me oculta. Elredo. – Atiende finalmente: ¿acaso son lo mismo el sujeto y su accidente, o juzgas que hay algo entre ellos?

Juan. – Sí, y mucho.

Elredo. – ¿Puedes separadamente pensar de cada uno? Juan. – Nada más fácil.

Elredo. – Mira ahora si pensando en el alma puedes del mismo modo distinguir entre el alma y la razón.

Juan. – ¿Por qué no podría?

34. Elredo. – Presta ahora mucha atención: ¿cómo podrás pensar en el alma del hombre sin razón – de ella hablamos, si no bien comenzaras a pensar en ella sin razón, en ese mismo momento dejarías de pensar en el alma del hombre?

Juan. – Si quiero pensar en algún alma sabia, ¿no podré pensar separadamente de la misma alma y de su sabiduría?

35. Elredo. – ¿Qué cosa más manifiesta? Pero hay algo más importante. El alma sabia, perdida la sabiduría, puede volverse necia. Por lo mismo pueden pensarse separadamente, porque aunque el alma dejase de ser sabia, no deja de ser alma. Mas no podrás pensar que el alma es el alma si no la reconoces como racional. De ningún modo, pues, aquellas tres cosas han de llamarse accidentes del alma, sin las cuales no puede existir su substancia. No siendo, por tanto, accidentes, resta que sean substancia.

Juan. – Quisiera saber si aquella que es el alma, u otra.

36. Elredo. – No otra. Sin embargo, pueden separarse mutuamente o por el pensamiento. De donde resulta claro que estas tres – memoria, entendimiento y voluntad- son de la. misma substancia. Pues, aunque parezca que cada una tiene su peculiaridad, con todo, nunca pueden obrar separadamente ni mutuamente separarse. Nada hace la memoria sin la razón o sin la voluntad; nada la razón sin la voluntad y sin la memoria; nada la voluntad sin la memoria y sin la razón. Así, por consiguiente, aunque la memoria no sea la razón ni la voluntad, a pesar de todo las tres son una substancia y un alma.

Juan. – Parece que san Agustín opina lo contrario. Dice, en efecto: “Una cosa es el alma y otra la razón. No obstante, en el alma está la razón y el alma es una sola; pero una cosa hace el alma y otra la razón. El alma vive, la razón saborea, y al alma pertenece la vida y a la razón la sabiduría. Y, siendo una sola cosa, el alma sola mira a la vida y la sola razón mira a la sabiduría.

37. Elredo. – Juzgo que se adhiere más que se opone a nuestra opinión y razonamiento esta sentencia del Santo Padre; al decir manifiestamente que el alma y la razón son una misma cosa, quiere decir de hecho que es una la substancia de una y otra. Tampoco juzgo sea contrario al aserto que expuse más arriba; esto es, que una cosa es el alma y otra la razón. Fácilmente puede probarse por la misma semejanza. Atiende, pues, a qué semejanza acude para entender esto de alguna manera. En efecto, ya había anunciado: “Uno es Dios Padre, uno Dios Hijo y uno Dios Espíritu Santo. No tres dioses, sino un solo Dios. Tres en vocablos, uno en la deidad de substancia.. :’

38. … Y para que esto no pareciera absurdo a los herejes, contra los que disputaba, por aquella criatura que fue criada a imagen de la Trinidad prueba que no había dicho cosas impropias de la Trinidad. A saber, dijo: “Una es el alma y otra la razón. Dos en vocablos, uno en substancia. Una cosa significa para mí el vocablo alma, otra el vocablo razón. Pues de una y la misma substancia – que es el alma y la razón- este vocablo `alma’ manifiesta lo que vive, la `razón’ lo que discierne:’ Y esto es lo que dice: “En el alma está la razón, y una es la razón, pero el alma vive. : . Es decir, en este vocablo que es el alma se manifiesta aquello que vive; la razón saborea, o sea, este vocablo “razón” manifiesta lo que discierne. Mas cuando se asegura que “el alma sola importa la vida y la razón la sabiduría”, se entiende de modo que especialmente la vida pertenece al vocablo del alma y al vocablo de la razón atañe la sabiduría, por lo mismo que la razón es perceptible de la sabiduría. Y, con todo, una es la vida de ambas, una es la sabiduría de ambas.

39. Juan. – Todavía bulle en mí lo que te dije acerca de que el alma y la razón no pueden separarse ni por el pensamiento, ni reflexionar sobre la una sin la otra. He aquí, sin embargo, cuánto pensamos separadamente de cada una, y aquello sobre todo que dijo san Agustín: “Una cosa es el alma, otra la razón”, asignando a cada una algo que le es propio.

40. Elredo. – De pasada me parece advertiste lo que dijimos: una cosa es, por tanto, pensar del alma, y otra pensar en el alma; una cosa pensar de la razón, y otra pensar la razón. Porque separadamente podemos pensar de las dos, según la diversa significación de los vocablos, no según la identidad de la substancia. De ningún modo podemos pensar en el alma humana sin la razón, esto es, que no tenga razón, así como no puedes pensar en un hombre que no sea racional mortal.

Juan. – Dime, te ruego, ¿acaso la razón que está en mí es otra que la que está en ti?; ¿cada hombre tiene su propia ‘~ razón? Lo cual me gustaría saber asimismo de la memoria ~’ y de la voluntad.

41. Elredo. – Me admiro que hayas querido indagar estas ~, cosas, cuando ves que uno es de agudísima memoria, otro tan olvidadizo, éste de finísimo sentido, aquél tan torpe que apenas goza de razón; y, aun más, tantas y tan contrarias voluntades de los hombres.

Juan. – Aparentas no haber entendido lo que te dije. No juzgué indagar del vicio o virtud de la razón y demás cosas, sino de la naturaleza por la cual el hombre se llama racional. Es decir, si la razón por la cual somos racionales es una para todos, o una para cada uno.

42. Elredo. – Sabía que querías forzarme, pero no lo hagas te lo suplico. El abismo es profundo en demasía, porque aunque haya quizás alguien que lo desenvuelva, apenas se encontrará quien lo entienda. Pues, aunque dijese que una sola es la razón de todos, estarías dispuesto para inferir que una es el alma de todos. Si una para cada uno, quizá no podré explicar cómo una sea la razón por la cual veo que las cosas verdaderas sean preferidas a las falsas, otra por la cual tú contemplas estas mismas cosas. Aquí está por qué san Agustín frenó al joven Adeodato en su búsqueda de esta cuestión, afirmando con referencia al número de almas: “No sé cómo puedo responderte. Si digo que el alma es una, te turbarías, porque en uno es bienaventurada y en otro miserable; tampoco puede ser una al mismo tiempo bienaventurada y miserable. Si aseguro que es una y muchas al mismo tiempo, te reirás, y no encuentro el modo fácil de reprimir tu risa. Si afirmo que solamente son muchas, me reiré yo mismo y no me soportaré menos a mí que a ti. Oye , pues, lo que te garantizo que puedes oír bien de mí. Pero aquello que resulte oneroso para los dos o para uno de los dos, no lo quieras imponer para que no nos oprima.

43. Juan. – ¿Qué significa esto? Parece totalmente querer que el alma sea una o muchas y una. ¿Quién soporta esto?

Elredo. – No te espantes. Ciertamente, en Jerusalén, cuando estaba reunida una gran multitud de creyentes, aunque cada uno de ellos tuviera su alma, se dijo no obstante de la multitud de creyentes que tenían un solo corazón y una sola alma. Así, por consiguiente, si te agrada, salgamos de esta profundidad y quedémonos con la simplicidad de la sentencia; aunque quizá pueda decirse en algún modo que el alma es una por la misma fuerza de la naturaleza racional; de la cual unos usan bien, otros abusan torpemente o son castigados o son remunerados. De cualquier modo que sea esta oscuridad, mantén firmemente lo que se probó más arriba: que el alma es una cosa simple y no está compuesta de partes, que en su substancia no recibe ni admite el más o menos, pues no puede ser dividida o extendida. De donde se deduce que no hay nada en su substancia que no sea ella misma. Por consiguiente, la razón, la memoria, y la voluntad, aunque aparezcan como pluralidad, no son en el alma otra cosa que la misma substancia del alma.

Juan. – Te ruego que no tardes en disputar mas larga y cabalmente de la fuerza y propiedad de estas tres.

44. Elredo. – Pregunto: ¿por qué vamos a cargarnos con una larga disputa, si se puede exponer brevemente lo que quieres? Oye, por tanto, brevemente Se representa a la memoria lo que se ve por los ojos, lo que se oye por los oídos, lo que se capta por el olfato, lo que se toca con las manos, lo que gusta al paladar. De todas estas cosas juzga la razón, consiente la voluntad. ¿Basta esto?

Juan. – De ninguna manera. Hay otras muchas cosas que se encomiendan y se tienen en la memoria, que no le son inducidas por ningún sentido corpóreo, como son las razones de los números, de los pesos, medidas y otras cosas innumerables. De ahí que desee saber qué obra el alma en la carne, qué en los sentidos, qué por los mismos sentidos, qué en sí misma por los sentidos, qué sin ninguna ayuda de los sentidos.

45. Elredo. – Esto es trabajoso en demasía. Con todo, no faltará mi esfuerzo y ojalá no falte el fruto. Emplearé las palabras, o el sentido, o unas y otro, de san Agustín, que dice: “El alma, como a cualquiera le es fácil advertir, vivifica esta carne terrena y mortal con su presencia, se reconcentra en un punto y en él permanece, y no deja de dilatarse o contraerse. Hace la distribución de los alimentos uniformemente por los miembros, conserva la congruencia y el modo del cuerpo, no tanto en la belleza, cuanto en el crecer y en el producir.” He aquí lo que afirmó aquel varón sapientísimo: “Que opera el alma en la carne o por el cuerpo”, añadiendo que esto es común al hombre con los arbustos, puesto que ellos mismos, como veremos y confesaremos, a su manera viven, son guardados, crecen y engendran.

46. Juan. – ¿De modo que dices que estas cosas se han de atribuir al alma racional, siendo así que en ellas el sentido nada hace, y mucho menos la memoria, la razón y la voluntad? ¿No se han de atribuir más bien al movimiento, por el cual los árboles crecen y viven?

Elredo. – ¿Juzgas que hay sentido en algún cuerpo que carezca de este movimiento?

Juan. – No he dicho eso. Pues no puede haber fuerza de sentir, donde no hay fuerza de subsistir.

47. Elredo. – Pasemos ya de los inferiores a los superiores. Se engendra la carne animal en la unión del macho con la hembra. Cuando se hubiere conseguido la concepción, no se dice que en el instante el semen viva, pues no puede sentir nada. Sin embargo, pronto hay en él movimiento, por medio del cual se forma y crece. Así como el semen del árbol se envía naturalmente al seno de la tierra, por el predicho movimiento, es formado, crece y se difunde por las ramas, así igualmente el semen del animal, infundido en el útero de la madre, del mismo modo es formado y crece y se dilata en miembros. Como sea, no decimos que viva como lo afirmamos de los árboles, porque se espera otra vida mejor. La cual, al llegar, no decimos que haya dos vidas o almas, sino una solamente, consistente en doble fuerza: de las cuales, la una está en el movimiento natural que hace que el cuerpo viva y crezca; y la otra en el movimiento espontáneo, que se aplica a los sentidos y por medio del cual hace que también viva y sienta.

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